Cadel Evans, justo vencedor del Tour de Francia

Era un duelo de segundones, aunque desnivelado hacia el lado australiano. Cadel Evans anuló la débil resistencia de los Schleck en los 42,5 kilómetros de la contrarreloj de Grenoble que le adelantaban en la clasificación general. La crono, con dos ascensiones y sus correspondientes bajadas, no debería haber castigado tanto a Andy Schleck. Partió de amarillo con 57 segundos de ventaja y a los 15 kilómetros se dejó 36; en el 27,5, Evans ya contaba con 1:41 de ventaja; 10 kilómetros más allá, el pequeño de la familia cedía 2:12 y en la meta, 2:38. Por supuesto, tiempos gemelos a los de su hermano Frank, tres segundos peor al cabo de los 42,5 kilómetros. Con su pedaleo, el australiano terminó por comprometer la victoria de etapa del alemán Tony Martin, quien finalmente la salvó por siete segundos.

Los hermanos pisarán el podio de París, Andy por tercera vez consecutiva en el segundo escalón y Frank de estreno en el tercero. Y por fin, un australiano metódico, laborioso, que centró toda su temporada en el camino hacia París, llegó al destino. A los 34 años y al frente de un equipo de rodadores ciclópeos, sin escaladores ultraligeros. Pagado por aquel patrón suizo, Andy Rihs, que creyó ganar una vez el Tour de Francia con Floyd Landis, asunto que produjo consecuencias desastrosas para él, para su proyecto y para el ciclismo.

Cadel Evans ha presumido de formar parte desde siempre de la supuesta acera limpia, impoluta, del ciclismo creíble que dicen se va imponiendo en el pelotón a palo limpio. Dejó Australia para convertirse en ciclista y estuvo bajo la custodia del preparador médico del centro Mapei, Aldo Sassi, recientemente fallecido. Llegó como una exhalación a la carretera, aburrido de ganarlo casi todo en la bicicleta de montaña. Sorprendió en sus primeros años, se estancó, dio tumbos, rozó el amarillo del Tour sin vestirlo hasta hoy, ganó un Mundial en Mendrisio, cerca de su domicilio suizo, y, al fin, aterriza con el maillot de sus sueños en París.

Los supervivientes del pelotón de esta movidísima edición celebraron el éxito de Evans, un ciclista respetado por su actitud frente a las carreras, un corredor que desde su admirable ataque en Mendrisio para vestirse con el jersey arcoiris dejó atrás su fama de ‘garrapata’ y de ‘chuparruedas’. Es un hombre de contraataque, pero que elige bien el momento del aguijonazo. Este año decidió borrarse de las clásicas y centrarse en pruebas por etapas de la mejor categoría. Pocos días de competición, 29 antes del Tour, pero de calidad.

Los hermanos Schleck han equivocado la táctica, han competido peor en la fase de preparación que su rival y han cometido el error de minusvalorarlo. La obsesión por Alberto Contador y por avanzar juntos los dos hermanos o no avanzar ha podido con ellos. Cuando al fin Andy se decidió atacar, fue tarde. Depositó sus esperanzas marchitas en una contrarreloj que Cadel conocía, porque la disputó en idéntico trazado durante el Dauphiné, mientras que los hermanos ni siquiera fueron a reconocer su recorrido este sábado por la mañana.

La amenaza de Evans la anticiparon todos, menos los luxemburgueses. Ahora no pueden llorar. Que festejen que han sumado uno más de la familia en el podio de París, donde nunca se subió papá, Johnny, en los años 60 y 70.

El ganador virtual de este Tour sucede a Alberto Contador en una edición especial para el español, lejos de su cuarto Tour, pero contento por el reconocimiento público que vuelve a tener en una edición en la que comenzó oyendo abucheos. En la crono, el español no pasó de la tercera posición, a 1:06 de Martin y a 59 segundos del mejor de todo un Tour. Terminará en quinta posición, detrás del guerrero Thomas Voeckler en su año de gracia.

Fuente: El mundo

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