Leyendas del Deporte. Fausto Coppi

Ciclista italiano, apodado Campionissimo y l’Airone. Considerado como uno de los más grandes ciclistas de todos los tiempos. Pentacampeón del Giro de Italia y en 1949 se proclamó campeón de la ronda italiana y del Tour de Francia, convirtiéndose en el primero de los pocos corredores de la historia en conseguirlo. En toda su carrera ganó 122 carreras, tuvo la maglia rosa 31 días y el maillot amarillo, 19.

De familia humilde, consiguió su primera bicicleta con 8 años y la utilizó para trabajar como repartidor de la tienda de comestibles de la población vecina de Novi Ligure. En 1937, conocería su descubridor Biagio Cavanna que lo animó a que participara en carreras no profesionales. Las excepcionales características físicas no tardaron en aflorar en el joven Coppi.

En 1939, pasa a profesional donde gana seis carreras esa misma temporada. Pero el salto a la fama de Coppi fue un año después cuando, empezando como gregario de Gino Bartali, consiguió el primero de sus cinco Giros de Italia. Además, esta victoria le convirtió en el corredor más joven que se hace con el triunfo absoluto en el Giro de Italia con 20 años, 8 meses y 25 días, un récord todavía imbatido. Además en 1940 y 1941, se proclama campeón italiano de la especialidad persecución. En 1942, establece el récord de la hora en el velódromo Vigorelli de Milán, dejando la nueva marca en 45,871 km, un récord que resistió 24 años hasta la plusmarca de Jacques Anquetil en 1966.

Pero la guerra parte su carrera ascendente. Enviado a Africa con la infantería “Divisione Ravenna” es hecho prisionero por los ingleses, puesto en libertad en 1945.

En 1945, corre alguna carrera con la sección de ciclismo de la Società Sportiva Lazio. En 1946, nace el legendario noviazgo entre Fausto Coppi y el equipo Bianchi, al que el campeón italiano estaría ligado durante una década. La llegada de Coppi pronto da sus frutos cuando gana su primera Milán-San Remo con una épica fuga que empieza en el Paso del Turchino y que acaba con 14 minutos de ventaja sobre el segundo clasificado. Nicolò Carosio narraba en la radio: “Primer clasificado, Fausto Coppi, en espera del segundo transmitimos música de baile”. Ese año también gana tres etapas del Giro (aunque la general se la llevaría Bartali) el Gran Premio de las Naciones, el Circuito de Lugano y el Giro de Lombardía. En 1947, siete años después del primero, gana su segundo Giro de Italia.

En 1949, llega la definitiva consagración internacional de Coppi. Primero gana la vuelta San Remo-Lombardia y en el Giro (que también se adjudica) firma una de las que seran sus hazañas más célebres: 192 kilómetros en solitario en la etapa entre Cuneo y Pinerolo. El famoso periodista Mario Ferretti diría en su crónica una frase que entraría en la historia del ciclismo:

Con el tercer Giro en el bolsillo, encara su primer Tour de Francia. Fausto empezó muy mal, perdiendo más de media hora en la primera etapa. Pero se supo recuperar, dominando las dos etapas contra el reloj e imponiéndose en la etapa entre Briançon y Aosta. Consigue la victoria en la general siendo el primer hombre que consigue ganar Giro y Tour en el mismo año, mientras que en Francia nace el mito de “Fostò”.

En 1950, Coppi tiene un inicio de temporada espectacular. Se adjudica la París-Roubaix y la Flecha Valona. Pero la suerte le da la espalda al “Campionissimo” cuando en la etapa del Giro entre Vicenza y Bolzano, un corredor que va por delante hace caer a Fausto, lo que le provoca fractura de tres costillas por lo que da por concluida la temporada.

En 1951, las cosas no mejoraron para Coppi ya que su hermano Serse, también ciclista, murió en el Giro del Piamonte a causa de otra caída. La muerte de su hermano afecta a Fausto que hace un discreto Giro. De todas maneras, en el Tour de ese mismo año (y aunque sufre una crisis nerviosa), gana la etapa alpina entre Gap y Briançon.

En el 1952, reconoce por completo su agnosticismo, declaraciones que levantan ampollas en la sociedad italiana hasta el punto que los transalpinos se declaran seguidores de Coppi (agnóstico) o de Bartali (católico convencido).

Ideologías religiosas aparte, 1952 vuelve a ser un año excepcional para Coppi. Gana tres etapas del Giro de Italia, cinco en el Tour (una de ellas, la primera llegada al Alpe d’Huez de la historia de la “Grande Boucle” y que desde entonces la ronda francesa dedicó una cima a Coppi), y llega con el maillot amarillo a París.

En 1953, és el año en el que consigue el quinto Giro de Italia y también gana el campeonato del mundo en Lugano, pero ya su actividad se estaba reduciendo por culpa de algunos accidentes. En esa ronda italiana, Coppi fue el centro de la crónica rosa del momento por tener una relación extraconyugal con Giulia Occhini, mujer del doctor Locatelli, apasionado seguidor de Coppi. Occhini sería conmocida en adelante como la “Dama Blanca”. Fausto y Giulia iniciaron una larga historia de amor y donde el propio Papa llegó a condenarla abiertamente. Coppi y su primera mujer Bruna Ciampolini se sepraron en 1954, mientras que Locatelli denunció a Occhini por adulterio. Como consecuencia, la mujer tuvo que ingresar en la cárcel mientras que a Coppi se le retiró el pasaporte. Tras muchas dificultades, la pareja se casó en México (matrimonio nunca reconocido en Italia) y tuvieron un hijo, Faustino.

En 1954 gana una de sus últimas grandes carreras el Giro de Lombardía. En el 1959 con algunos ciclistas franceses participa en una carrera y en una sesión de caza en el Alto Volta (actual Burkina Faso), y allí es infectado por la malaria. La diagnosis de la enfermedad fue hecha con retraso y la enfermedad misma fue curada mal, así que Fausto murió con tan solo 40 años.

Es muy famosa una foto en la que se puede ver a Coppi y a Bartali pasándose una botella de agua en una subida. Tras un largo periodo de enemistad por el choque entre sus ideales religiosos (también se cree que pudo ser por conflictos con sus mujeres), Fausto Coppi que ya corría por entonces en un equipo rival al de Gino Bartali, al ver que a su amigo y rival se le había terminado el agua, le tendió el botellín y dijo: “Toma Gino, bebe” Quedando desde entonces zanjada la enemistad que desde hacía varios años les caracterizaba. Sin duda, uno de los gestos más memorables del ciclismo profesional.

Grandes momentos

Nos situamos en el año 1949, concretamente en el Giro de Italia, que tras afrontar las duras etapas Dolomíticas acometía en este día una jornada trascendente que transcurría en parte por territorio francés. Se salía de Cuneo y se llegaba a Pinerolo con un recorrido a lo largo de nada menos que 254 kilómetros, itinerario agresivo si se tiene en cuenta que se debieron salvar cinco majestuosos puertos de alta montaña: Vars, Izoard, La Madeleine, Mont-Genève y por último la ascensión a Sestrières. Todos ellos juntos representaban una subida equivalente a 90 kilómetros, amenizados por un frío intenso y una lluvia constante. La niebla cubría celosamente las cumbres y el espectáculo en su conjunto era verdaderamente dantesco.

Coppi, aquel día, se impuso con una facilidad asombrosa, inaudita. Estuvo en fuga, sólo en cabeza, a lo largo de 192 kilómetros. Su ‘eterno rival’, Gino Bartali, otro campeón de fama reconocida, pisó la cinta de llegada a más de doce minutos. En la clasificación final del Giro, el toscano fue segundo a casi veinticuatro minutos del legendario Fausto Coppi.

Otra hazaña a resaltar nos sitúa también en el Giro de Italia del año 1953, en la etapa Bolzano-Bormio, en la cual se afrontaba el célebre Stelvio con sus 2.758 metros de altitud. Era líder el suizo Hugo Koblet, quién conservaba una ventaja de 1’59” sobre Coppi, segundo en la clasificación general. El corredor helvético acaparaba todos los pronósticos a su favor. Le amparaba su juventud y su buen momento de forma. Era la gran estrella de la nueva generación y del futuro reciente.

En los primeros trazos del Stelvio, Coppi atacó con valentía y convicción. El gran pelotón se rompió en mil pedazos y Koblet, resistente al principio, debió capitular ante la evidencia de los hechos. Se encontró indefenso frente al italiano que parecía volar sobre el asfalto. En la cinta de llegada, las multitudes aclamaron con gran entusiasmo a su ídolo, Coppi, a la postre vencedor final de la edición, mientras que Koblet, ahogado por los esfuerzos, hacía su entrada a casi cuatro minutos en un amargo día que jamás olvidó.

El misterio de su muerte

En la nueva versión sobre la muerte de Coppi, el personaje clave en la trama es el padre René, un benedictino francés. Otra vez un monje se cruza en el camino del campeonissimo.

Todo surgió con una entrevista publicada este mes en el diario deportivo Corriere dello Sport a Mino Caudullo, en la que éste contó una experiencia vivida en 1985 con motivo de un viaje suyo a Burkina Faso (antes, Alto Volta) en representación del comité olímpico. Allí se encontró con el fraile, octogenario, quien le reveló un secreto de confesión que escondía una historia inaudita. Al parecer, unos africanos querían vengar la muerte de un ciclista de Costa de Marfil, un tal Canga, que se despeñó por un barranco en extrañas circunstancias durante una carrera donde participaban corredores europeos. Según el padre René, la familia del fallecido suministró a Coppi un veneno a base de hierbas.

Él, efectivamente, acudió a finales de 1959 a Uagadugu, acompañado de Anquetil y Geminiani. Diez días después de volver del viaje, Geminiani, compañero de habitación de Coppi durante aquellos 16 días, se sintió mal. Era el 23 de diciembre. Sufría de malaria y se restableció enseguida. Coppi tuvo los mismos síntomas y el 27 de diciembre no pudo levantarse de la cama y tuvo que ingresar en el hospital. Entonces, cambió el diagnóstico: se trataba de pulmonía. El hermano de Geminiani telefoneó al hospital, pero la respuesta de los doctores fue: ‘No te preocupes por la salud de Fausto’. El 2 de enero de 1960, tras una noche de agonía, Coppi murió. No era gripe ni pulmonía, sino malaria.

Pero ahora insisten los monjes del monasterio de Koubri: ‘Coppi fue envenenado como venganza por la muerte de un corredor de Bouake (Costa de Marfil)’, asegura el padre Adriano, compañero del fallecido padre René. ‘Creo que murió en una caída en el Tour. Su familia y los amigos querían vengarse y le envenenaron con una poción muy conocida en Burkina Faso, hecha con una hierba de la tierra. Actúa lentamente y causa fiebres altas’.

Sin embargo, esta historia no escapa a la sospecha. ¿Cuánto hay de cierto? ¿Por qué Coppi murió, y no Geminiani? ¿Por qué Caudullo no desveló todo esto en 1985, al conocerlo? ¿Cómo es que le contó aquello el padre René? ¿Dónde murió el ciclista africano? De momento, la fiscalía de Roma ha abierto un expediente para investigar cuánto hay de cierto en esta versión. De momento el Tour no tiene constancia de que haya participado nunca en él un ciclista de Costa de Marfil.

Además, hay respetables opiniones que alientan el escepticismo. La más cercana proviene del hijo de Coppi, Faustino: ‘La única certeza es que si mi padre hubiera sido tratado correctamente habría vivido. Dijeron que tenía pulmonía, le administraron cortisona y entró en coma enseguida.

La justicia italiana está dispuesta a llegar a la exhumación del cuerpo de Coppi. Ahí surgen más dudas. ¿Es posible verificar la causa de su muerte después de 48 años? Italia, como en los tiempos de Coppi y Bartali, ha vuelto a dividirse en dos. Los que quieren llegar hasta el fondo, aun a costa de revolcar la memoria del campeonissimo, y quienes se refugian en el silencio porque, piensan, con los mitos no se juega. Unos y otros convendrán en lo mismo: el misterio persigue a Coppi.

Leyendas del deporte: Mark Spitz

Nadador estadounidense que consiguió siete medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Munich 1972, rompiendo marca mundial en cada uno de sus triunfos, siendo el primer atleta en la historia de los Juegos Olímpicos en conseguir dicha hazaña en una sola edición.

Personal

Antes de cumplir los dos años, nació en Modesto (California, Estados Unidos) el 10 de febrero de 1.950, su familia se trasladó a Hawai, y al igual que el gran nadador hawaiano del pasado, Duke Kahanemoku, aprendió a nadar en la playa de Waikiki. A los ocho años, de regreso en California, comenzó a nadar en las filas del club YMCA. Un año después tenía ya su propio entrenador, Sherm Chavoor. Practicaba natación los siete días de la semana y las 52 semanas del año. Antes de cumplir 11 años, Spitz ya era titular de 17 récords nacionales en su categoría. Poco después, su padre le inscribió en el Club de Natación Santa Clara, donde tuvo un preparador, George Haines, todavía más duro que Chavoor.

Carrera deportiva

En 1.964, Don Schollander, el mejor nadador de la época en el mundo tras los Juegos de Tokio, le ve ya como un rival peligroso y no querrá competir con él, previendo lo que pasará un par de años después. Así, en 1.966 en la Segunda Semana Preolímpica de México causará sensación, imponiéndose en varias pruebas.

Un año más tarde, en 1.967, comienza su carrera internacional. Bate su primer “récord” mundial en 400 m. libres (el 25 de junio) con 4.10.16. Ese mismo año conseguirá seis nuevas mejores marcas del mundo, igualando otras dos y obtendrá cinco medallas de oro en los Juegos Panamericanos de Winnipeg. Por todo ello, y con sólo 17 años, será nombrado el mejor deportista mundial del año.

Un año después, en los Juegos Olímpicos de México, Spitz consiguió dos oros (4×100 y 4×200 libres relevos), una plata (100 metros mariposa) y un bronce (100 metros libres), triunfos que consideró algo decepcionantes, pues esperaba conquistar cinco o seis medallas de oro. Trás finalizar las olimpiadas dijo: “En Múnich ganaré siete medallas de oro”.

Tras la frustración no se viene abajo. En 1.971, año preolímpico batirá seis nuevos “récords” mundiales, siendo elegido mejor nadador del Año. Esta vez no fallará.

En Munich ´72 empezó con su máquina de batir récords. A pesar de sus nervios, el primer día ganó los 200 metros mariposa con nuevo récord mundial (2’00”70). En la misma fecha consiguió otra plusmarca mundial en los 4 x 100 metros libres (3’28”8). Al día siguiente, venció en los 200 metros libres en 1’52”78 (tercer récord mundial).

No contento con lo que había realizado, al cuarto día arrasó en los 100 metros mariposa (54”27). Una hora más tarde, ganó su quinto oro y batió su quinta plusmarca mundial (7’35”78) en el relevo 4 x 200 metros libres. Y al quinto día se enfrentó con la posibilidad de superar a Don Schollander, que había conseguido cinco medallas de oro en Tokio ´64. Y lo logró al ganar los 100 metros libres en 51”22, también con nuevo récord mundial.

Para finalizar su hazaña, Spitz participó en los relevos 4 x 100 metros estilos, nadó la posta de mariposa y compensó la increíble ventaja que había obtenido el equipo de Alemania Oriental en la primera posta, donde había batido el récord del mundo de 100 metros espalda. El combinado estadounidense ganó con un tiempo de 3’48”66, superando por 4 segundos a los germanos.

Spitz abandonará la Villa Olímpica cuando los terroristas palestinos sembraron la alarma en el mundo entero con su atentado contra los israelíes, debido a su origen judío.

En este mismo año de 1.972 se retiró, después de haber logrado nueve medallas de oro en los Juegos Olímpicos y 32 “récords” del mundo a lo largo de sus seis años de profesional, pues pensó que ya no podía hacer más en las piscinas y quería ganar dinero, llevando a la práctica su máxima de que “lo inteligente de un campeón es aprovechar todo tipo de oportunidades”.

Aunque terminó la carrera de médico odontólogo, nunca la ejerció. Sí iniciará su carrera en el campo artístico, debutando en el “show” de Bob Hope en televisión, además de probar fortuna como actor y como publicista, aunque fracasará en ambos intentos. Más éxito, al menos económico, tiene como modelo, pues sólo el primer año cobró cinco millones de dólares. También hará sus pinitos como cantante.

En 1.989, con 39 años, motivado por la cercanía de sus mejores marcas en 100 mariposa a las que tenían los nadadores del momento, intenta volver a la competición, e incluso participa en alguna prueba pre-olímpica, con el deseo de participar en Barcelona 92. Aunque le hubiese gustado estar en esos Juegos “más que todas sus medallas” no lo consiguió y se tuvo que conformar con ser comentarista de televisión.

Leyendas del Deporte. Gianni Bugno

Amanecía en Luxemburgo y Gianni Bugno era un hombre derrotado. Vestido con el maillot arco iris de campeón del mundo, su preparación para ganar el Tour de Francia se había venido abajo en los 65 kilómetros que separaban la salida y la llegada de la primera contrarreloj larga de la edición de 1992. Pocos días antes, su equipo, el Gatorade, reforzado para la ocasión por Laurent Fignon y Peio Ruiz Cabestany, dos excelentes contrarrelojistas, había conseguido aventajar en más de medio minuto al Banesto de Miguel Induráin en la crono por equipos y el italiano estaba eufórico: “Esto me da moral”, dijo nada más bajarse de la bici y comprobar que aventajaba al navarro en 27 segundos.

Aquel 14 de julio de 1992, fiesta nacional francesa, la moral de Bugno reptaba por los adoquines. En la contrarreloj del día anterior había sido tercero, un puesto más que decente. El problema es que Induráin le había sacado 3´41” de ventaja, una diferencia completamente inesperada, histórica, irrepetible. “Induráin ha ganado el Tour”, decía Gianni a todo aquel que quisiera escucharle, cabizbajo, huidizo.

Al año siguiente, el equipo que le había traído a Fignon prefirió traerle a un psicólogo. No sirvió de mucho. Llegó Lac de Madine y Miguel Induráin volvió a sentenciar la ronda francesa. Forges, en una viñeta genial, sacaba la cara de un hombre descompuesto, con los pelos electrizados y la cara desencajada con un titular que leía: “El psicólogo del psicólogo de Bugno”. Era su sambenito: llegaba el momento cumbre y él se venía abajo. Aquello no era del todo justo con un hombre al que sencillamente las expectativas le habían superado: ganó el Giro demasiado joven, ganó Alpe D´Huez demasiado joven, fue campeón del mundo demasiado joven… ¿Cómo no pedirle que lo ganara todo?

Porque sencillamente no era posible. El bueno de Luis Ocaña se maravillaba en Antena 3 Radio ante la pose de Gianni en cada escapada, en cada contrarreloj: “Parece que no se moviera sobre la bici”, decía, y era verdad. Cuando Bugno, el gran Bugno, rodaba, daba la sensación de que alguien estuviera moviendo el paisaje a toda velocidad, una sucesión de familias, árboles, jóvenes exaltados y roulottes que pasaban difuminados mientras el transalpino se cuadraba sobre la bici y no movía ni un músculo.

Bugno era la elegancia igual que Chiappucci era la valentía, pero Induráin era un martillo pilón, una fuerza de la naturaleza contra la que era imposible luchar en igualdad de condiciones. La presión exterior pudo con él en demasiadas ocasiones, pero aun así ganó y ganó mucho. Puede que no tanto como los tifosi esperaban —“Gianni, facci sognare”, rezaban las paredes de los Alpes italianos cuando el Tour pasaba cerca de Sestrières— pero eso no era problema suyo sino de los propios aficionados.

Gianni suficiente hacía con sortear un divorcio, unas exigencias desmedidas y la horrible sensación de que, ganara lo que ganara, cada fracaso en el Tour eclipsaba el resto de una carrera maravillosa.

Los años de joven promesa

Gianni Bugno nació en Brugg, un pueblo suizo cerca de la frontera con Italia, en febrero de 1964. En principio, estos datos suelen ser bastante accesorios, pero de su origen suizo podemos inferir la frialdad con la que desarrollaría su trayectoria profesional y su año de nacimiento no fue un año cualquiera, sino el mismo que vería nacer a Miguel Induráin, Raúl Alcalá o Erik Breukink. Claudio Chiappucci, siempre inquieto, había nacido justo un año antes.

Formaba parte, por tanto, de una de las generaciones más talentosas y más cuidadas de la historia del ciclismo, la llamada a suceder a los Lemond, Delgado, Roche, Fignon… nacidos a finales de los 50 y que se habían repartido los Tours desde la retirada de Bernard Hinault en 1986. En sus inicios, Bugno destacaba como potente rodador, hábil contrarrelojista y especialista en carreras de un día o rondas de pocas etapas en las que se movía con facilidad en la media montaña.

Si bien Alcalá o Breukink fueron corredores de maduración inmediata, que antes de los 25 años ya coqueteaban con pódiums en grandes vueltas, Bugno, al igual que Induráin o Chiappucci, esperaba su momento sin presión alguna. Con 22 años empezó a ganar pequeñas carreras en Italia, incluso acabó su primer Giro en el 41º lugar de la clasificación, un puesto nada desdeñable para un debutante, aunque nadie olvida que aquellos Giros, preparados para los Moser o Visentini de turno, tenían una exigencia limitada y solían decidirse en contrarrelojes y escapadas puntuales, nada que ver con las orgías para escaladores que preparan los organizadores desde que el corredor tipo italiano se siente más cómodo cuesta arriba.

Su presentación en sociedad llegaría en 1988, cuando se impuso en una etapa llana del Tour de Francia, el mismo Tour que ganaría Perico Delgado con Induráin como uno de sus escuderos. Bugno, recién fichado por el equipo suizo Chateau D´Ax, en el que pasaría prácticamente toda su carrera con diferentes denominaciones, pilló la fuga buena de aquel día junto a Jan Nevens. La etapa acababa en Limoges tras pasar por unos cuantos puertos de montaña y los chicos del Reynolds estaban encantados de que alguien se fuera por delante. Nevens era el favorito, por supuesto, pero aquel italiano de mirada perdida le sorprendió con un sprint eléctrico después de 18 etapas y unos cuantos kilómetros de escapada. Bugno, perdido en la general, conseguía subir por primera vez al pódium de una grande para recibir los tímidos besos de las azafatas de Credit Lyonnais. No sería la última.

Con el pedigrí que daba un triunfo así, Bugno siguió mejorando sin prisa pero sin pausa. En 1989 ganó su primera etapa en el Giro, también aprovechando una de las últimas etapas, y acabó en 23ª posición casi sin enterarse. Fue el Giro en el que Fignon arrasó a todos sus rivales y Lemond volvió a sentirse ciclista tras dos años desaparecido por un accidente de caza. El duelo entre francés y estadounidense se repitió ese año en el Tour con el famoso desenlace de la contrarreloj de París donde Lemond privaría a Fignon de su tercer triunfo por solo 8 segundos.

Aquel Tour fue el que marcó un antes y un después en la trayectoria de dos hombres clave para entender los años siguientes: Miguel Induráin era aún un chicarrón del norte con muy buenos resultados contrarreloj, ganador de la París-Niza y número dos de Pedro Delgado. Miguelón, como aún le llamaban, ganó en Cauterets, etapa pirenaica en la que Perico pretendía montar una escabechina y lo consiguió solo en parte. Gianni Bugno jamás se había preocupado por hacer una buena general, era algo que le salía por talento, pero en aquel 1989, ya no era tan fácil descolgarle: en la primera crono quedó entre los diez primeros, supo colarse en las fugas adecuadas y resistió en la montaña lo suficiente como para rozar el top 10 por primera vez en su carrera, finalizando octavo en su cumbre fetiche, el Alpe D´Huez.

Al final fue undécimo, a más de 20 minutos de Lemond, pero casi 10 por delante de Induráin. Ahí había algo más que un clasicómano, solo faltaba que se lo acabara de creer.

El Giro de 1990

Con 26 años recién cumplidos y después de ganar la exigente Milán-San Remo, Gianni Bugno se presentó en la salida del Giro de Italia como uno de los candidatos a animador de la carrera, quizás aún un peldaño por detrás de Fignon, Mottet, Giupponi o Giovanetti, que venía de ganarle la Vuelta a España a Perico Delgado en un alarde de resistencia. La primera etapa era la habitual contrarreloj corta que llevaba escrita el nombre de Thierry Marie, apenas 13 kilómetros ideales para el lucimiento de los prologuistas.

Bugno salió relajado, consciente de que era bueno empezar entre los primeros y para cuando acabó la tarde resultaba que se había llevado la etapa y la maglia rosa. Se podía entender como una relativa sorpresa porque sí, el chico subía y rodaba bien, pero ganarle a Marie en aquellos tiempos eran palabras mayores. Sin un líder definido, el Chateau D´Ax decidió defender la maglia hasta que su portador desfalleciera, más pronto que tarde, o simplemente alguna escapada rompiera la clasificación.

La tercera etapa acababa en el mítico Vesubio. Era el momento elegido por el Castorama para colocar de líder a Marie y aupar a Fignon en la general, pero la ONCE se adelantó con Eduardo Chozas y dinamitó el grupo de favoritos: Bugno aún tuvo tiempo de demarrar en el último kilómetro y sacar algunos segundos a los Ugrumov, Lejarreta y compañía. En la general, el suizo-italiano se mantenía de líder con 43” de ventaja sobre el citado Chozas y más de un minuto sobre Laurent Fignon. Apenas cuatro días después, en Vallombrosa, se llevaba su segunda etapa, esta vez de montaña, mientras iban explotando sus rivales: no solo Chozas, sino también Fignon y Lemond.

Bugno empezaba a ser el ídolo de los ojos claros. Elegante, como buen italiano, capaz de atacar de rosa, recordando al eterno Fausto Coppi… pegó el gran hachazo de aquel Giro en la contrarreloj de Cuneo, de 68 kilómetros. Aunque solo pudo ser segundo, reforzó su liderato hasta el punto de dejar a su más inmediato perseguidor, Marco Giovanetti, a más de cuatro minutos. Quedaban nueve etapas y el desfallecimiento era posible pero poco probable. Bugno empezó a acariciar la posibilidad de ganar el Giro siendo líder desde la primera a la última etapa, algo que solo habían conseguido en el pasado Girardengo en 1919, Binda en 1923 y Eddy Merckx en 1973, el año que “El Caníbal” decidió dejar a un lado el Tour para centrarse en Giro y Vuelta.

El dominio de Bugno era equivalente al del belga en sus mejores tiempos, aunque es cierto que sus rivales no impresionaban. En el Pordoi se fugó junto a Charly Mottet, metió otros dos minutos al resto del pelotón y le cedió la victoria de etapa, en el Mortirolo aguantó los ataques sin problemas y remató el Giro ganando la última contrarreloj con una autoridad aplastante, superando en casi un minuto y medio a Marino Lejarreta y dejando a Mottet, segundo en la general final, a 6´33”, una diferencia exagerada. En cuarta posición de aquella cronoescalada final acabaría el escudero de Giupponi en el equipo Carrera, un tal Claudio Chiappucci, llamado a la gloria pocas semanas más tarde.

Y es que el Tour de 1990 fue el Tour de Chiappucci aunque lo ganara Lemond y es posible que eso a Bugno no le hiciera demasiada gracia porque para entonces ya estaba bien claro que él era mucho mejor corredor que el varesino. Lo que estaba por verse es si tenía su arrojo. Chiappucci se lanzó a una escapada suicida en la segunda etapa y se mantuvo en el liderato hasta la última contrarreloj en la que cedió con todo el honor del mundo.

La exhibición de Chiappucci, su empeño, esa manera de atacar en todos lados para sacar segundos que le pudieran servir para aguantar el liderato cuando arrancara Lemond, su físico de italiano pillo y su expresividad constante dejaron en segundo plano un Tour más que aceptable del corredor del Chateau D´Ax, ya bajo el nombre de Gatorade, quien, lejos de acusar el esfuerzo del recién acabado Giro, ganó dos etapas —Alpe D´Huez y Burdeos— y acabó la ronda francesa en un meritorio séptimo puesto, justo por delante de Alcalá e Induráin.

El cambio ya había llegado: puede que Lemond y Delgado tuvieran un Tour más en sus piernas, pero la Generación del 64 —incluido Chiappucci— estaba dispuesta a tomar el mando del ciclismo internacional. Para confirmar su estatus de estrella, Bugno fue medalla de bronce en el Campeonato del Mundo en ruta, ganaría la Copa del Mundo, que premiaba a los mejores clasificados en las más importantes clásicas, y acabaría el año como número uno en el Ranking UCI.

El futuro era suyo. No podía ser de otra manera.

Los Tours con Induráin y Chiappucci

Puede que la carrera de Bugno quedara marcada por el descenso del Tourmalet en la decimotercera etapa del Tour de 1991. Nunca lo sabremos, pero es bueno empezar esta parte de la historia por ese momento: el grupo de favoritos se retuerce camino de la cima del coloso pirenaico. Delgado pierde diez minutos y dice adiós al Tour, Breukink, Kelly, Alcalá y todo el equipo PDM se han retirado días antes por un extraño virus, el sorprendente líder Leblanc pierde comba pero lucha por reengancharse. Francia vibra con su joven ídolo. El calor es insoportable y Luc va perdiendo metros mientras la cámara fija en la cima nos muestra que Lemond también se empieza a descolgar, con el maillot abierto, sin aire en los pulmones.

Su primer desfallecimiento en tres años.

Es el momento de los valientes, de los que llevaban todo el Tour esperando este momento, en una calma tensa que hizo que llovieran críticas a los jovenzuelos. ¿Así pretendían ganar el Tour, sin moverse del sitio? Induráin pasó a las primeras posiciones del grupo y mientras los demás recogían comida y periódicos se lanzó a tumba abierta para dejar atrás al estadounidense. En seguida se dio cuenta de que se había ido solo. Nadie reaccionó. Mientras el grupo de favoritos, con Mottet, Hampsten, Fignon y compañía se organizaba, Claudio Chiappucci decidió unirse a la fiesta.

En un visto y no visto, el coulotte de Carrera se perdió de vista y Bugno ahí seguía, observando, como si pensara: “Adónde van estos con lo que queda y el calor que hace”, esperando que el tiempo y la carretera pusieran a cada uno en su sitio. No fue así. Induráin esperó a Chiappucci y juntos hicieron camino hasta Val Louron. Para cuando Bugno se dio cuenta de su error y salió a por ellos ya era demasiado tarde: había cedido un minuto y medio en la etapa clave y quedaba en tercer lugar de la general, a 10” de Mottet, a tres minutos más del nuevo líder, Miguel Induráin.

Para los expertos, la cosa estaba clara: el Tour era cosa de dos salvo que Chiappucci volviera a liarse la manta a la cabeza. El Banesto, que había construido un equipo de lujo para sus dos estrellas, dominó la carrera con habilidad: en Gap, mantuvieron la escapada de Lemond controlada, en Alpe D´Huez dejaron a Induráin lo más arriba posible, con una exhibición de Jean-François Bernard. Por segundo año consecutivo, Bugno, con su maillot de campeón de Italia conseguido días antes, triunfaba en la meta más carismática del ciclismo contemporáneo y subía al segundo puesto en la general… pero solo arrancaba un segundo a Induráin.

Cada vez quedaba menos y España vibraba al ritmo del gran Pedro González y el “Apache” de los Shadows.

Bugno lo intentó en la Joux-Plagne, camino de Morzine, pero Delgado y Rondón le pararon en seco. El italiano llegó a la contrarreloj final con 3´09” de desventaja con respecto al líder. Chiappucci marchaba a casi cinco minutos. Contra otro rival, quizá hubiera sido posible el milagro, pero no contra el navarro, que no solo mantuvo el liderato sino que ganó la última contrarreloj como había ganado la primera, pero con aún más margen. Bugno acabó segundo, a algo menos de medio minuto.

Aquel duelo prometía durar varios años, pero, en rigor, solo duró uno más. En 1992, Induráin llegaba al Tour como campeón del Giro de Italia, un Giro al que Bugno había renunciado para preparar mejor la carrera francesa, lo que le valió un buen montón de críticas en su país y le cargó de una presión añadida: no podía defraudar. En el año que había pasado desde su “despiste” del Tourmalet, el italiano había ganado el Campeonato del Mundo en ruta, la Clásica de San Sebastián y una etapa de la Vuelta a Suiza. El Gatorade presentaba un equipo espectacular, con Laurent Fignon de gregario de lujo, Abelardo Rondón, fichado del propio Banesto, y Cabestany cumpliendo sus últimos servicios.

Sin embargo, como ha quedado dicho al principio del reportaje, la emoción duró exactamente nueve etapas, lo que tardó Induráin en exhibirse por Luxemburgo y distanciar a Bugno en casi cuatro minutos. ¿Por qué se vino abajo de esa manera? Imposible saberlo. Quedaba más de medio Tour, él era campeón del mundo, se había reservado todo el año para ese momento… y a las primeras de cambio salía melancólico a reconocer su derrota. El resto del Tour fue una especie de suplicio, como si corriera forzado, obligado, con la mente en cualquier otro lugar. No solo no alcanzó a Induráin sino que dejó que Chiappucci le adelantara. “El Diablo” Chiappucci con su entrañable “tifoso” de barba por entonces negra y tridente en mano que le acompañaba por las cuestas y aún hoy en día sigue ahí confirmando que una vez que uno empieza a hacer el ridículo en la tele, es complicadísimo parar.

Chiappucci fue el único que puso contra las cuerdas a Induráin, con su improbable escapada rumbo a Sestrières, que tuvo al Banesto tirando todo el día y que provocó un pajarón importante del navarro justo cuando parecía que le iba a alcanzar en la ascensión final. Bugno podría haberse aprovechado de la circunstancia, pero para entonces ya estaba completamente desfondado. Había salido tras Chiappucci en el momento equivocado, siempre a dos aguas. En Alpe D´Huez se dejó nueve minutos y si consiguió el pódium final en París, un tercer puesto que no le sabía a nada —“Ya he sido segundo, ¿de qué me sirve ser tercero?”, manifestó a mitad de la carrera— fue por su excelente contrarreloj final, a solo 40” del emperador Induráin.

Si eso suponía algún tipo de esperanza para el año siguiente, 1993, el año del psicólogo y de Lac de Madine, pronto se encargó el propio Bugno de acabar con ella. Apareció cabizbajo y se marchó cabizbajo: en medio, un montón de decepciones que le llevaron al 20º puesto en la general después de haber sido 18º en el Giro. El tiempo de las grandes vueltas se acababa antes incluso de cumplir los 30 años. Ganaría etapas sueltas pero nunca volvería a estar en la élite de un Tour: en 1994 se retiró y en 1995 acabó fuera de los 50 primeros. Fue su última participación.

Campeón de Italia, campeón del mundo

Es injusto valorar a Bugno por sus segundos puestos y sus incapacidades. Gianni era un fuera de serie sin la persistencia necesaria para aguantar tres semanas de calor sin tregua en Francia. Ganó el Giro el año que le tocaba ganarlo y se labró un palmarés excelso a base de carreras de un día y pequeñas vueltas, el escenario en el que se sentía más cómodo, combinando su enorme talento con una gran inteligencia a la hora de leer la competición.

Ganó el Giro de los Apeninos, una competición menor, durante sus tres primeros años como profesional; el año de su explosión en el Giro de Italia, ya había ganado la Milán-San Remo y haría lo propio con el Tour de Romandía, una carrera por entonces de gran prestigio. En 1991, aparte de ser segundo en el Tour de Francia, ganó el campeonato nacional, con el correspondiente maillot verde, blanco y rojo, y acabó la temporada imponiéndose a Steven Rooks y Miguel Induráin en el Campeonato del Mundo en ruta celebrado en Sttutgart.

El Mundial siempre ha sido para los italianos una carrera de primer nivel. Para poner un ejemplo, el primer corredor español en ganar un Mundial fue Abraham Olano, en 1995. Antes de Freire habían ganado ya el título hasta once italianos distintos: el legendario Binda, Guerra, Coppi, Baldini, Adorni, Basso, Gimondi, Saronni, Argentin, Fondriest y el propio Bugno. Cada año hay peleas por ver quién dirige el equipo, quién trabaja para quién; combatir los egos de sus clasicómanos es una labor titánica…

A eso hay que añadirle que en Italia, a principios de década, había una enorme competencia: Baffi y Cipollini dominaban los sprints; Argentin, Bontempi y Fondriest todavía aguantaban como rodadores de fortuna… y Chioccioli, Giovanetti, Franco Vona o Chiappucci habían demostrado su fondo ganando o destacando en grandes vueltas. ¿Hasta qué punto tenía sentido trabajar en bloque para Bugno, un hombre acostumbrado a venirse abajo en el momento decisivo?

Italia tiene una tradición de debates deportivos mayor incluso que la española: Coppi o Bartali, Rivera o Mazzola, Conti o Rossi… y así hasta el Chiappucci o Bugno. Claudio representaba la italianidad más latina: el pendenciero que atacaba en los avituallamientos, en los descensos, que se lanzaba a la aventura a 100 kilómetros de meta y no miraba nunca atrás. Bugno era un hombre tranquilo, moderno y elegante, la Italia de los chicos altos, guapos y bien vestidos, la Italia que, en general, cae mal incluso en su propio país.

En ocasiones, Bugno se quejó de no ser suficientemente querido, de vivir a la sombra de Chiappucci pese a tener un palmarés mucho mejor. Bugno pensaba demasiado y tuvo muy poca suerte: a su triunfo en el Mundial de 1991 se unió el de 1992 en Benidorm, delante de Jalabert y Konychev. Esos dos campeonatos del mundo dejan clara su versatilidad: uno ganado ante un escalador y un contrarrelojista; el otro, ante un sprinter y un especialista en dinamitar pelotones en el último kilómetro.

Desgraciadamente, casi nadie se acuerda. Se acuerdan de sus derrotas pero muy poco de sus triunfos. Con Chiappucci pasa al revés: nos acordamos de sus gestas y nunca nos paramos a pensar si en las contrarrelojes perdía mucho o poco tiempo. Chiappucci era valiente y eso dejaba todo en segundo plano. Bugno calculaba y no hay nada que odie tanto un mediterráneo como a un hombre que calcula.

El dopaje por cafeína

Después de sus fracasos en los Tours del 91, 92 y 93, fracasos, como hemos dicho, muy matizables porque ganó varias etapas y consiguió dos pódiums, Bugno se encontró con el mayor palo de su carrera: un positivo por cafeína durante la Copa Agostoni, celebrada el 17 de agosto de 1994. Gianni era aún un muy buen corredor, aunque todos le dieran por acabado porque cebarse con él parecía sorprendentemente fácil. Aquel mismo año, había ganado una etapa del Giro de Italia, en el que se mostró especialmente activo aunque muy lejos en la general de los Berzin, Pantani, Induráin y compañía, y se había impuesto en el prestigioso Tour de Flandes, una prueba para elegidos.

Su presencia en el Tour duró muy poco, pues tuvo que abandonar, y estaba ya en plena preparación del Campeonato del Mundo, su carrera fetiche, cuando apareció la noticia del positivo: 16,8 micogramos donde solo se aceptaban 12. Por supuesto, el corredor negó cualquier dopaje, pero su carrera se dio por acabada con la sanción de dos años que le impuso la Federación Italiana. Eran otros tiempos: la lucha contra el dopaje no tenía los recursos que tiene ahora y no se daban casos tan esperpénticos como el Tour de 2002, donde a Lance Armstrong —con causa abierta por dopaje sistemático— le siguieron Joseba Beloki, Raimundas Rumsas y Santiago Botero, los tres sancionados en algún momento de su carrera por trampas continuas.

Bugno, que había formalizado por fin su divorcio y empezaba una nueva relación, luchó como pudo con argumentos algo peregrinos: “Es que tomo mucho café”, “es que esos días hacía mucho calor y además tomé té”… Nunca sabremos cuánto había de verdad en esas excusas, de hecho, años después, el nombre de Bugno apareció junto al de Tonkov en una investigación por uso de EPO en los noventa, aunque la cosa no llegó a más ya que el corredor estaba retirado. El enigma de la limpieza del ciclismo en aquellos años sigue sin descubrir, tendremos que limitarnos a confiar en nuestros ídolos.

El caso es que los argumentos de Bugno convencieron a su Federación en parte: mantuvieron el positivo pero aplicaron la reglamentación UCI, que castigaba por entonces el exceso de cafeína con tres meses de sanción. Comoquiera que la única carrera por disputar era el Mundial y que Gianni arrastraba molestias en el tobillo y se había autodescartado, se puede decir que aquel episodio no tuvo efecto alguno en su carrera deportiva más allá de la sombra de la duda. “Mi nombre ha sido manchado”, dijo el italiano, muy digno. Y a mí me gustaría creerle, porque pocas veces vi a alguien con tanto estilo sobre una bicicleta, pero es inevitable recordarles esas mismas palabras a Virenque, Pantani, Heras, Ullrich, el equipo Festina al completo…

Una retirada llena de triunfos

Con el episodio del dopaje ya olvidado y el entusiasmo de una nueva vida sentimental, Bugno reorientó su papel en el pelotón planteándose objetivos más modestos que le hicieran disfrutar del ciclismo y no vivir en una continua insatisfacción. Debe de ser horroroso saber que cada día estás decepcionando a alguien. Cuando nadie esperaba nada de Bugno, llegó un veterano con mil recursos. Dejó el Polti, donde había corrido en 1994 después de seis temporadas de fidelidad al Chateau D´Ax-Gatorade, y se marchó al MG, un equipo en el que sus dotes de rodador se valoraban y en el que nadie le pedía ninguna hazaña de tres semanas. Más tarde, el equipo se fusionó con el Mapei, donde Bugno correría sus últimas dos temporadas.

En 1995, ya con 31 años, y mientras Induráin ganaba su quinto Tour consecutivo, el italiano se llevó el Tour del Mediterráneo, volvió a ganar el Campeonato de Italia con el maillot nacional correspondiente que lució orgulloso en el que sería su último Tour de Francia, y se impuso en la Copa Agostoni, donde diera positivo un año atrás. Esta vez se conoce que no hacía tanto calor como para beber té y además Bugno cumplió la insólita promesa hecha ante los jueces de su caso: “No volveré a beber café”.

La siguiente temporada no le fue nada mal tampoco: Bugno se sentía muy cómodo en el anonimato y cada victoria suya se celebraba como no se había celebrado cuando realmente lo necesitaba. Cazó una etapa en el Giro del Trentino, otra en el Giro de Italia (la novena de su carrera), se lució en la Vuelta a Suiza con otra victoria parcial y celebró su primera participación en la Vuelta a España llevándose la etapa que acababa en las Destilerías DYC, aquella meta que encumbrara a Perico Delgado en 1985, cuando le birló la Vuelta a España al escocés Robert Millar.

La victoria fue una auténtica exhibición, rodando en solitario, a bloque, en los últimos kilómetros, frente a un grupo de favoritos hambriento de triunfo. La ventaja empezó por 10 segundos, subió a 13, luego a 20… Detrás salió Julich, en el grupo esperaban Rominger, Axel Merckx o el Chava Jiménez, pero no había manera: Bugno mantuvo el ritmo y solo se confió en la recta final, con los españoles, que en el fondo tanto le admirábamos, jaleándole, y Rominger esprintando detrás, a sus 35 años, para sacar segundos de bonificación.

El idilio de Gianni con España se prolongaría dos años más. La verdad es que, salvo pruebas muy menores, Bugno había desaparecido del pelotón. Induráin estaba retirado, igual que Breukink y Alcalá, Chiappucci se arrastraba en equipos de segunda fila y Jan Ullrich se disputaba con Marco Pantani la supremacía mundial. En esas, Bugno se plantó en la Vuelta a España de 1998, al borde de la retirada, con la idea de ayudar en lo que pudiera al ciclotímico Vandenbroucke, y no quiso irse de vacío.

Fue la gran Vuelta del Chava Jiménez, aquella en la que ganó cuatro etapas de montaña y vistió de amarillo hasta el último día, que cedió contrarreloj frente a Abraham Olano y Fernando Escartín. Bugno tenía 34 años y no contaba para nadie. Su Vuelta estaba siendo tan anodina como el resto de la temporada, pero camino a Jaca se coló en una escapada de once hombres que fue reduciéndose según avanzaba un terreno pestoso, de ascensiones y bajadas constantes, para sufridores.

A falta de 25 kilómetros solo quedaban cuatro hombres delante: Sgambelluri, Uriarte y Santi Blanco, la eterna promesa del ciclismo español de los 90. Bugno atacó con un demarraje seco que nadie pudo seguir y a partir de ahí puso de nuevo la calculadora en marcha. Como si aquello fuese el Giro del 90, Gianni avanzó y avanzó camino de la meta y acabó con una ventaja de casi dos minutos sobre Blanco, segundo aquel día. Él sabía que era el final y no dejaba de ser un final precioso, brazos en alto de nuevo, doce años de profesional sin dejar de ganar nunca.

Todo para ser recordado como un ilustre perdedor.

Aquel invierno colgó la bici y se dedicó a vivir lejos de los focos, como un niño liberado. Se dedicó a su pasión por los helicópteros y sacó la licencia de piloto de rescate. En 2008 incluso se animó a llevar el helicóptero de carrera del Giro de Italia. Es lo más cerca de una bicicleta que le hemos vuelto a ver. Ahora, como Romario, se dedica a la política. Los extremos, tarde o temprano, se tocan.

Leyendas del deporte: Emil Zatopek, la locomotora checa.

Seguimos con nuestros particulares homenajes a leyendas deportivas, esta vez hablamos de Emil Zatopek, la locomotora checa.

Emil Zatopek: (Koprivnice, 1922 – Praga, 2000) Atleta checo. Cuatro veces campeón olímpico, cuenta con el honor de haber conseguido tres medallas de oro (5.000 y 10.000 metros y maratón) en unos mismos Juegos Olímpicos (Helsinki 1952), proeza que no fue superada hasta las Olimpiadas de Atlanta 96. Considerado una de las grandes figuras del atletismo del siglo XX, sus méritos en las pistas le valieron el apodo de “La locomotora humana”.

La impresionante carrera de Zatopek se inició de forma puramente anecdótica, cuando trabajaba en las fábricas de calzados Bata, empresa que patrocinaba cada año una carrera en la que el pueblo estaba poco menos que obligado a competir. Arrastrado hasta la línea de salida, no tuvo más remedio que correr y, ante su sorpresa quedó segundo, lo que le impulsó a participar en otras carreras. Él mismo creó su propio sistema de entrenamiento, que consistía en hacer distancias cortas, lo que le permitió aumentar de forma gradual su velocidad.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Zatopek se enroló en el ejército para seguir la carrera militar, y alcanzó el grado de coronel. Se dio a conocer en el atletismo internacional durante los Campeonatos de Europa de 1946, celebrados en Oslo, donde fue quinto en los 5.000 metros. Dos años más tarde vinieron los Juegos Olímpicos de Londres, en los que ganó la medalla de oro en 10.000 metros con un nuevo récord olímpico (29 minutos, 59 segundos y 6 centésimas) que dejó atónito al público del estadio, y se llevó la plata en los 5.000 metros. En los cuatro años anteriores a los Juegos de Helsinki 52, batió cinco veces el récord mundial de los 10.000 metros, una vez el de las diez millas, dos el de los veinte kilómetros y otras dos el de la hora y una el de los treinta kilómetros.

En esta segunda cita olímpica, el oficial checo se convirtió de nuevo en el único ganador de las pruebas de 10.000 y 5.000 metros con sendas plusmarcas mundiales (29 min, 17 seg, 0 cent y 14 min, 06 seg y 6 cent), lo que igualaba la proeza del finlandés Hannes Kolehmainen; también ganó el maratón, prueba que corría por primera vez, con un nuevo el récord olímpico (2 horas, 23 min y 03 seg). Para rematar la gloria de estas Olimpiadas, su esposa, la lanzadora de jabalina Dana Zatopkova, añadió una cuarta medalla de oro a la colección del matrimonio.

Volvió de nuevo a las pistas en Melbourne, en 1956, pero la edad y las lesiones cosechadas en tantos años de duro trabajo lo frenaron frente al argelino Alain Mimoun, que se adjudicó la prueba con una formidable carrera que le mereció el respeto del público y del excampeón que se quitó la gorra para saludarle desde el sexto puesto de la clasificación.

Dos años después, en 1958, se despedía del atletismo en las pistas de Guipúzcoa (España) en el Cross Internacional de Lasarte, con un fulgurante historial deportivo en el que se incluían, además de los títulos citados, dieciocho récords del mundo en nueve especialidades atléticas, batidos entre 1947 y 1950.

En 1997, cuando contaba con setenta y cinco años, fue nombrado “Mejor Atleta del Siglo” durante la reunión internacional que celebra la asociación de atletismo “La Zapatilla de Oro”. En sus últimos años trabajó como profesor de Educación Física y mantuvo su cargo en el ejército de la República Checa. Falleció en Praga el 22 de noviembre de 2000 a consecuencia de un derrame cerebral.

Aquí os dejamos un vídeo del 5.000 de Helsinki ’52 que Zatopek ganó con unos espectaculares 14:06

Leyendas del Deporte. Carl Lewis

(Carlton Frederick Lewis; Birmingham, EE UU, 1961) Atleta estadounidense. Con sólo diecinueve años ya formaba parte del equipo olímpico estadounidense de atletismo, pero el boicot de su país a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 le impidió competir. Debutó como olímpico en los Juegos de Los Ángeles (1984), en los que obtuvo cuatro medallas de oro: en los 100 y 200 metros lisos, en salto de longitud y en relevos 4 por 100. Consiguió con ello igualar la marca mítica de Jesse Owens en los Juegos de Berlín (1936).

Carl Lewis en los JJOO de Los Ángeles (1984)

En los dos siguientes juegos en los que participó (Seúl 1988 y Barcelona 1992), consiguió ampliar su medallero. En los primeros, además de convertirse en el primer atleta en ganar la competición de salto de longitud en dos juegos consecutivos, protagonizó una polémica victoria en los 100 metros lisos, prueba en la que fue medalla de oro pese a haber cruzado la meta en segundo lugar, ya que el vencedor, el atleta canadiense Ben Johnson, fue descalificado a raíz de los resultados de la posterior prueba antidóping, que revelaron que había consumido esteroides.

En 1991 estableció el récord mundial en los 100 metros lisos con una marca de 9,86 segundos. En Barcelona 1992 renovó su título en longitud, disciplina de la que se había consolidado como máximo dominador durante la década de 1980, y volvió a ser oro en relevos. En los Juegos de Atlanta (1996) no logró la clasificación por tiempos en las pruebas de velocidad, y no pudo formar parte del equipo de relevos estadounidense, en una polémica decisión. Sin embargo, volvió a vencer en longitud (su noveno oro olímpico).

Aquí os dejamos el vídeo del record del mundo conseguido por carl Lewis: 9.78

Leyendas del deporte. Eddy Merckx

El mejor ciclista de todos los tiempos nació un 17 de junio de 1945 en la localidad belga de Meensel-Kiezegem Brabant. Eddy Merckx lo tenía todo: clase, fuerza, temperamento, profesionalidad… Tan sólo se le pudo ver fallar en alguna ocasión en las altas cumbres. El belga lo ganó todo, o mejor dicho, no les dejó ganar ‘casi nada’ a los demás. A otros grandes ciclistas como Ocaña, Gimondi y Zoetemelk les tocó sufrir de 1966 a 1976 al gran ‘canibal’, apelativo con el que aún se le conoce al belga. A Merckx le interesaba tanto un Criterium como el mismísimo Tour de Francia.

Era rodador, contrarrelojista, escalador y velocista. En definitiva, lo disputaba todo: grandes y pequeñas vueltas por etapas, campeonatos mundiales, clásicas, récords de la hora, etc…

Su primer gran triunfo fue proclamarse campeón del mundo amateur. Un año después dio el salto al profesionalismo en la prestigiosa clásica de la Flecha Valona, concretamente un 29 de abril, cuando todavía no contaba ni con 20 años. A lo largo de su carrera sus hazañas fueron innumerables: en la Milán-San Remo, París-Roubaix, Tour de Flandes, entre las clásicas, y en el Giro de Italia y, como no, en el Tour de Francia, entre las grandes vueltas.

De sus siete participaciones en la ronda gala se proclamó vencedor final en cinco. Además logró 35 victorias de etapa y vistió el maillot amarillo de líder durante 11 jornadas. Pero su trayectoria en la carrera transalpina fue igualmente impresionante. Venció en cinco ocasiones y un “positivo” le privó de ganar otro más.

Asimismo durante tres temporadas portó el maillot arco iris que le definía como campeón mundial absoluto. Como a todo buen belga, las clásicas le encantaban y en su palmarés puede presumir haber conseguido 32 victorias en las mismas. El récord de la hora fue otra de sus obsesiones y en 1972 lo batió, de una forma ‘natural’, es decir, a base de esfuerzo y sin ayuda de la tecnología.

En total fueron 525 las carreras que ganó a lo largo de su espléndida trayectoria de las 1.800 en las que participó. Después de haberlo conseguido todo, un 18 de mayo de 1978 dijo adiós al ciclismo profesional. Actualmente, entre otras inversiones, Eddy Merckx dirige una fábrica de bicicletas que llevan su nombre.

Leyendas del deporte- Johnny Weissmuller

(Windber, 1904 – Acapulco, 1984) Actor de cine y campeón de natación norteamericano de origen húngaro, conocido en el mundo del cine por sus interpretaciones del popular personaje de Edgar Rice Borroughs, Tarzán.

Hijo de unos inmigrantes polacos que se instalaron en el pueblecito minero de Winber (Pensilvania), el pequeño John tuvo una infancia difícil, marcada por su primer traslado a Chicago -donde la familia se había establecido para huir de la dura vida de la mina-, y la posterior muerte de su padre, víctima de la tuberculosis. Fue en el lago Michigan de esta ciudad donde aprendió a nadar; a los catorce años, ingresó en la selección local del YMCA y fue entrenado por Bill Bachrach, quien le hizo perfeccionar la brazada de crowl que le mantuvo invicto durante diez años (seis patadas de las piernas por cada dos brazadas de los brazos, en perfecta sincronización).

En 1922 batió el récord mundial de los 300 metros libres e hizo los 100 metros libres en 58,6 segundos, con lo que se convirtió en el primer hombre en nadar esa distancia en menos de un minuto. Dos años después, en los Juegos Olímpicos de París, había mejorado esta marca en 1,2 segundos, un récord que parecía imposible lograr por aquel entonces; además, batió los records de los 400 metros (5:04.2.) y de los 4×200 libres relevos (9:53.4.), y, finalmente, se adjudicó la medalla de bronce ex aequo con la selección de water polo norteamericana. En 1928 participó en las Olimpiadas de Amsterdam, donde ganó dos oros más, en 100 metros y 4×200 libres relevos; sin embargo, no le fue permitido competir en los Juegos Olímpicos de 1932 por haber sido modelo de trajes de baño.

Su magnífica figura hizo que fuera contratado por la Metro Goldwyn Mayer para interpretar el papel de Tarzán de los Monos, el famoso personaje novelesco creado por Edgar Rice Borroughs. Desde su debut en 1931, participó en unas veintiún películas, siempre contratado por los mismos estudios; trabajó también, a partir de 1948, para la televisión estadounidense en numerosos capítulos de la serie Jungle Jim. En 1973 sufrió un ataque cardíaco que le obligó a hospitalizarse y del que no se recuperaría, ya que dos años más tarde tuvo que ser ingresado de nuevo; tomó entonces la decisión de establecerse en la ciudad mejicana de Acapulco, donde se quedó hasta su muerte.

Leyendas del deporte. Sebastian Coe

 
     
 

 
Aunque nació en Londres, se crió en Sheffield. Empezó a hacer atletismo con 12 años en el equipo de los Hallamshire Harriers, y rápidamente destacó como corredor de media distancia.En 1973 se proclamó campeón de Gran Bretaña juvenil en los 1.500 m, con un tiempo de 3:55

En 1975 fue 3º en los 1.500 m de los Campeonatos de Europa junior de Atenas con 3:45,2

Su primer triunfo internacional importante fue en los 800 m de los Europeos indoor de San Sebastián en 1977, con un nuevo récord británico (1:46,5)

En 1978 participó en los Campeonatos de Europa al aire libre de Praga en la prueba de 800 m, donde fue 3º tras el alemán Olaf Beyer (oro) y el también británico Steve Ovett (plata). Era la primera vez que Coe y Ovett se enfrentaban al máximo nivel. Fue el inicio de una intensa rivalidad entre ambos que duraría varios años.

En 1979 Sebastian Coe se convirtió en el mejor mediofondista del mundo, batiendo en el intervalo de 41 días los récords del mundo de los 800 m (1:42,33), los 1.500 m (3:32,03) y la Milla (3:49,0). Era el primer atleta de la historia que obstentaba estos tres récords al mismo tiempo.

Moscú 1980

Su consagración definitiva tuvo lugar en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Los duelos con su compatriota Steve Ovett en los 800 y en los 1.500 metros de esos Juegos han pasado a la historia del atletismo.

En principio Coe partía como favorito en los 800 m, mientras que Ovett tenía más opciones en los 1.500 m, prueba en la que llevaba 45 carreras consecutivas (más de tres años) sin conocer la derrota.

Al final las cosas se desarrolaron justo al revés. Primero Ovett ganó el oro en los 800 m, donde Sebastian Coe acabó 2º.

Unos días más tarde, en la final de los 1.500 m, Coe le devolvió el golpe y ganó la medalla de oro, por delante del alemán Straub y de Ovett, que solo fue 3º. Fue una carrera táctica y decidida al sprint en la última recta.

Pocas semanas después, Ovett le arrebató a Coe en Coblenza el récord mundial de los 1.500 m con 3:31,36.

1981-1983

En el verano de 1981 Coe batió los récords mundiales de los 800 m (1:41,73), los 1.000 m (2:12,18) y el de la Milla en dos ocasiones (3:48,53 y 3;47,33). Su récord de los 800 m duraría 16 años, hasta agosto de 1997 cuando fue batido por el danés de origen keniano Wilson Kipketer. Aun así la marca de Coe sigue siendo en la actualidad la segunda mejor de la historia.

En los Campeonatos de Europa de 1982 en Atenas sufrió una inesperada derrota en los 800 m a manos del casi desconocido alemán Hans-Peter Ferner, en una prueba muy lenta.

1983 fue un mal año para Coe. Una extraña enfermedad le mantuvo apartado de las pistas toda la temporada, perdiéndose así los Mundiales al aire libre de Helsinki.

Los Angeles 1984

Al año siguiente, y ya recuperado, participó en sus segundos Juegos Olímpicos, los de Los Angeles ’84. En los 800 m se esperaba el gran duelo entre Coe y Ovett como revancha de lo ocurrido cuatro años antes. Sin embargo fue el brasileño Joaquim Cruz quien se llevó el triunfo, en una de las mayores sorpresas de los Juegos. Coe se tuvo que conformar con la plata, al igual que cuatro años antes, mientras Ovett llegó a la meta exhausto en 7ª posición y poco después cayó desplomado, por lo que tuvieron que llevarle al hospital.

En los 1.500 m su principal rival era el campeón mundial Steve Cram, también británico, y al que la mayoría de los medios de su país daban como favorito al oro, ya que desconfiaban de Coe tras haber estado un año parado. Incluso muchos criticaban la participación de Coe en esta prueba, ya que dejaba fuera del equipo a Peter Elliott, quien había quedado por delante suyo en la pruebas de selección preolímpicas.

Sin embargo en la final Coe demostró su gran categoría. La prueba se rompió con un ataque a falta de 500 metros del español José Manuel Abascal, que solo Coe y Cram pudieron resistir. Finalmente Coe se llevó la medalla de oro con un nuevo récord olímpico de 3:32,53. La plata fue para Steve Cram y el bronce para Abascal.

Hasta hoy es el único atleta que ha ganado dos veces los 1.500 m en los Juegos Olímpicos.

 

 
Última etapa En los Europeos al aire libre de Stuttgart en 1986 ganó el oro de los 800 m, en lo que sería el único título europeo de su vida, y su única victoria en los 800 m en una gran competición al aire libre. Los británicos ganaron las tres medallas en juego, con Coe (oro), Tom McKean (plata) y Steve Cram (bronce).

En los 1.500 m Coe no pudo esta vez con su compatriota Steve Cram, y hubo de conformarse con la plata. Fue la única vez que Cram derrotó a Coe en una gran competición.

Semanas después hizo en Rieti, Italia, la mejor marca de su vida en los 1.500 m con 3:29,77 (la única vez que bajó de 3:30), aunque para estas fechas el récord mundial lo tenía el marroquí Said Aouita con 3:29,46

A partir de entonces Coe entró en la etapa final de su carrera deportiva, marcada por las lesiones y los resultados discretos. No partcipó en los Mudiales de Roma 1987, y no fue seleccionado para competir en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988.

En octubre de 1988 tuvo lugar un momento emocionante cuando Sebastian Coe y Steve Cram se enfretaron en la Great Court Run. Se trata de recorrer el perímetro de la Great Court en el Trinity College de Cambridge, en menos tiempo del que duran las 12 campanadas del reloj (que suenan dos veces). Son 367 metros que hay que recorrer en aproximadamente 43 segundos, y tradicionalmente los estudiantes intentaban completar el circuito en la noche de su cena de graduación. Esta prueba aparece reflejada en una secuencia de la película de 1981 Chariots of Fire. Coe y Cram se enfrentaron en este circuito y la victoria correspondió a Coe, que además llegó a la meta antes de que finalizaran las campanadas.

En 1989 representó a Gran Bretaña en los 1.500 m de la Copa del Mundo de Barcelona, donde acabó 2º tras el somalí Abdi Bile.

Su última competición fueron los Juegos de la Commonwealth de Auckland en 1990, tras los cuales se retiró del atletismo.

Tras la retirada

 Sebastian Coe inició una carrera política en su país, vinculada al Partido Conservador (los tories). Fue elegido miembro de Parlamento británico en 1992, y ocupó su escaño hasta 1997, cuando lo perdió en las elecciones.

En los últimos años se ha dedicado a trabajar por la candidatura de Londres para organizar los Juegos Olímpicos de 2012. En mayo de 2004 fue elegido jefe de la candidatura británica, y se le considera el principal artífice de que el 6 de julio de 2005 Londres fuera finalmente la ciudad elegida, derrotando a la favorita París.

Tras este éxito se ha especulado con una posible candidatura de suya para presidir el Comité Olímpico Internacional. También se rumorea que podría presentarse para la alcaldía de Londres en las elecciones municipales de 2008.


 

 

Resultados

CompeticionesEuropeos Indoor de San Sebastian 1977 – 1º en 800m (1:46,5)
Europeos de Praga 1978 – 3º en 800m (1:44,8)
Juegos Olímpicos de Moscú 1980 – 2º en 800m (1:45,9), 1º en 1.500m (3:38,4)
Copa del Mundo de Roma 1981 – 1º en 800m (1:46,16)
Europeos de Atenas 1982 – 2º en 800m (1:46,68)
Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984 – 2º en 800m (1:43,64), 1º en 1.500m (3:32,53)
Europeos de Stuttgart 1986 – 1º en 800m (1:44,50), 2º en 1.500m (3:41,67)
Copa del Mundo de Barcelona 1989 – 2º en 1.500m (3:35,79)
Juegos de la Commonwealth de Auckland 1990 – 6º en 800m (1:47,24)

Récords del Mundo

800 metros:1:42,33 – Oslo, 05-Jul-1979
1:41,73 – Florencia, 10-Jun-1981
(indoor) 1:46,0 – Cosford, 11-Feb-1981
(indoor) 1.44.91 – Cosford, 12-Mar-1983

1.000 metros:2:13.40 – Oslo, 1-Jul-1980
2:12.18 – Oslo, 11-Jul-1981

1.500 metros:3:32,03 – Zurich, 15-Ago-1979
(indoor) 3:32,8 – Oslo, 17-Jul-1979

Una milla:3:49,0 – Oslo, 17-Jul-1979
3:48,53 – Zurich, 19-Ago-1981
3:47,33 – Bruselas, 28-Ago-1981

4×800 metros:7:03,89 – Londres, 30-Ago-1982 (con Peter Elliott, Garry Cook y Steve Cram)

Marcas personales

800 metros – 1:41,73 (Florencia, 10-Jun-1981)
1.000 metros – 2:12,18 (Oslo, 11-Jul-1981)
1.500 metros – 3:29,77 (Rieti, 07-Sep-1986)
Una Milla – 3:47,33 (Bruselas, 28-Ago-1981)
2.000 metros – 4:58,84 (1982)