Cavendish estropea la fiesta a Freire

Fuente: El diario de Navarra. Cuando ayer por la mañana La Sirenita amaneció resplandeciente sobre el Báltico y bajo el sol danés, desapareció el rival que más temía Cavendish, la lluvia, que podía convertir el Campeonato del Mundo en una prueba caótica, escurridiza para el látigo que acabó imponiendo a su antojo Gran Bretaña.

Pero con el piso seco y llano, Mario Cipollini, el último campeón en un Mundial para velocistas, el de Zolder 2002, no tuvo dudas en la salida de quién sería su sucesor en Copenhague, otro coto de fibras rápidas: “El final es ideal para Cavendish. Si le dejan a 200 metros de la meta, solo perderá si comete un error”. El italiano consideraba que el plano circuito de Rudersdal era “más fácil que cuando gané yo”. Y ante ese trazado, el sprinter que menos sube del pelotón, Mark Cavendish, no debió sufrir lo más mínimo para protagonizar un Mundial perfecto. De película.

Su selección, Gran Bretaña, imprimió un férreo control en cabeza del pelotón, fulminó todos los intentos del resto de actores secundarios por salirse del guión que anunciaba la volata, y la inmensidad del manés emergió en el plano final, contrapicado en sus últimos 300 metros, para coronarse con la concha de oro al mejor sprinter del mundo, por delante del danés Matthew Goss, amigo suyo en el HTC-Highroad, y el alemán André Greipel, compañero de reparto de Cavendish hasta 2010.

Cuando Cipollini imaginó el desenlace del filme, intuyó un sprint en el que “basta con ir a rueda hasta que empiece el repecho de meta, y tener dos compañeros al lado”. Óscar Freire no debió de escuchar el consejo del hombre al que no pudo disputar aquel arco iris de Zolder al resquebrajarse su rueda a falta de tres kilómetros. El cántabro, al que Flecha acababa de abandonar a su suerte, tenía tanta ansia por alcanzar su cuarto entorchado, que se precipitó en el sprint. Se coló entre los lanzadores de Goss, solo por detrás de Hayman, pero cuando el australiano se abrió para dejar paso a O’Grady, el cántabro se encontró primero, a 350 metros de la pancarta, y a 50 de iniciar la subida final. Lanzar el sprint entonces era un suicidio y frenarse, una temeridad. Condenado de antemano, optó por lo segundo, le pasaron veinte obuses, y para cuando pudo entrar en acción y esprintar, solo remontó hasta la novena plaza. Su golpe al manillar escenificó que posiblemente nunca pueda deshacer el empate a tres títulos mundiales con Binda, Van Steenbergen y Merckx.

Lastras, en fuga.  Al contrario que en los últimos Mundiales, España no se vio con el pie cambiado. La presencia de Pablo Lastras en la larga fuga que mandó hasta los últimos 20 kilómetros, desahogó a Juanma Garate en sus labores de director desde el pelotón, en el que siempre mandó Gran Bretaña, a la que Alemania echó un cable cuando la escapada alcanzó los ocho minutos de ventaja.

El ritmo británico, con Froome, Wiggins, Stannard… -todos compañeros de Cav en 2012 en el Sky- echó abajo la fuga con menos de 20 kilómetros por delante y Freire en carroza. Pero José Luis de Santos no halló un solo pétalo en la flor que le traspasó su predecesor, Paco Antequera, y no le luce el trabajo de la selección. Ayer, se quedó sin Vicente Reynés, el hombre que debía lanzar a Freire, como en los últimos años ha hecho en su equipo para Cavendish o Greipel. Pero el balear se cayó, y el cántabro se quedó sin más lazarillo que Flecha, que lo dejó ciego en la rampa final, en la que Cavendish vio un foco de luz por la derecha que lo alumbró hasta el podio. Cancellara se quedó a las puertas. El suizo interpretó bien el papel de sprinter, pero falló en un gesto para el que no hay actuación posible, sino que es intuitivo: el golpe de riñón en el que Greipel le birló el bronce en la foto-finish, cuando los flashes iluminaban a Cav, heredero del trono británico que Simpson ocupó en Lasarte en 1965.

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