Leyendas del deporte. Abebe Bikila

Los pies descalzos dejando su huella por las calles de Roma, pasando delante del Obelisco de Aksum, una obra antiquísima de Etiopia que el ejército de Benito Mussolini desmanteló y trasladó al centro de la capital italiana, constituyen probablemente la mejor imagen para comenzar a reconstruir un relato con rasgos novelescos del primer africano en conquistar una medalla de oro en la historia de los Olímpicos.

“Ahí está un rival con el cual no tenemos que preocuparnos”, pensó el fondista estadounidense Gordon McKenzie al ver a Abebe Bikila calentando para el inicio de la maratón de Roma 1960. Ni él, ni nadie, podría imaginar que aquel atleta delgado, con sus huesos delineando notoriamente su físico, minutos después dominaría los 42.190 metros de la prueba con un tiempo de 2h15m16s, y con los pies desnudos.

“La belleza de su victoria es porque él estaba corriendo en la ciudad capital de Italia, Roma, en un país que invadió, bombardeó y conquistó a Etiopía en 1936, apenas 25 años antes. Un etíope sólo deshaciendo lo que un millón de hombres armados hicieron”, retrató el historiador estadounidense David Maraniss, autor de “Roma 1960: los Juegos que cambiaron el mundo”.

Nacido un 7 de agosto de 1932, en Jato, Etiopía, Bikila creció en medio de la pobreza de un hogar repleto de necesidades. Luego de trabajar como pastor junto a su padre, completó algunos años de estudio y se enroló en la Guardia Imperial de su país cuando tenía 17.

Algunas historias aseguran que su conexión con el atletismo se produjo al observar un desfile de deportistas que iban a participar de los Juegos de Melbourne 1956. Pero en lo que sí todos coinciden es que fue el sueco Onni Niskaken su descubridor. Contratado por el gobierno etíope, el entrenador potenció las cualidades de Bikila a base de novedosos entrenamientos, que incluían baños sauna, ejercicios de baloncesto y extensas carreras en ruta.

Así, Bikila comenzó a trascender en los campeonatos nacionales de las fuerzas armadas de su país y a acechar el reinado de Wami Biratu, por entonces el monarca etíope en las pruebas de media y larga distancia. De hecho, lo venció en una competencia de 5.000 metros que le valió el pasaje a Roma para sustituir precisamente a Biratu, quien a último momento se lesionó un tobillo jugando al fútbol.

El ilustre desconocido, entonces, llegó a la capital italiana para la gran competencia. Nadie hizo caso de su presencia momentos antes de la carrera porque, como osó señalar McKenzie, “no era rival”. Ajeno a esos comentarios, Bikila comenzó a probarse el calzado para participar de la competencia, pero no encontraba su talle y todos les resultaban incómodos porque les sacaban ampollas. La solución fue sencilla: correr descalzo, tal como lo hacía frecuentemente por las colinas de Etiopia.

Antes del inicio de la prueba, Niskanen le señaló a Bikila quiénes eran sus principales contrincantes, marcando especialmente al marroquí Rhadi Ben Abdesselam, que iba a correr con el número 26. Transcurrida buena parte de la prueba, el etíope no había conseguido toparse con el mencionado competidor y solo tenía por delante a un atleta con el número 185. Ya de noche, flanqueado por guardias italianos que iluminaban el recorrido de la prueba con antorchas, Bikila aceleró su marcha a falta de un kilómetro para la meta y superó a su rival. Consumado el triunfo, y luego de haber establecido un tiempo récord, el ganador supo que aquel al que había superado no era otro que Ben Abdesselam, quien finalmente nunca utilizó el número 26.

El éxito en Roma catapultó al etíope a la condición de héroe nacional de su país y le permitió el ascenso a sargento dentro de la fuerza de la Guardia Imperial, además de ganar un anillo de diamantes. Incluso, hasta se compuso un himno en su honor, que una estrofa decía “Abebe, eres un verdadero héroe, Abebe, eres la gloria de Etiopía, Abebe eres la sonrisa del país”. La medalla, por otra parte, quedó en manos del emperador del país, Negus Haile Selassie, a cambio del mencionado anillo.

Luego de superar un confuso episodio en el que fue acusado de participar de un fallido golpe de Estado, Bikila fue nuevamente campeón olímpico en Tokio 1964 con un tiempo de 2h12m11s. Una vez más batía el récord del mundo, aunque en este caso utilizando zapatillas y medias por insistencia de la marca Puma, su patrocinador. La historia de éxitos, en tanto, quedaría trunca en México 1968, donde una fractura en un pie lo obligó a abandonar a los 17 kilómetros.

Un año después, en 1969, una tragedia daría fin a su prometedora carrera: mientras conducía su Cadillac, un auto que le había obsequiado el ejército y por el cual recibió muchas críticas, perdió el control al querer esquivar una manifestación de estudiantes y se accidentó. Bikila quedó cuadripléjico, aunque gracias a una operación realizada en Londres su estado pasó a ser parapléjico. Acostumbrado a las dificultades, el etíope no se dejó vencer y hasta se animó a bromear. “Voy a ganar otra medalla olímpica en maratón, iré con mi silla de ruedas”, afirmó, pensando en los Juegos de Múnich 1972. Finalmente, allí se hizo presente como invitado especial.

El 25 de octubre de 1973, con 41 años, un derrame cerebral relacionado con aquel accidente le puso fin a su existencia. Estaba muerto el atleta, pero no su legado. Su vida inspiró a Davey Frankel y Rasselas Lakew a llevar la historia al cine con “Atletus”, una película que estuvo preseleccionada para los Oscar. Mientras tanto, en distintas pistas, superficies, atletas como Haile Gebrselassie corren para reivindicar la obra de Abebe Bikila, un hombre que no era rival para nadie, la figura desgarbada con los pies descalzos, el héroe nacional de Etiopía.

 

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