Leyendas del Deporte. Gianni Bugno

Amanecía en Luxemburgo y Gianni Bugno era un hombre derrotado. Vestido con el maillot arco iris de campeón del mundo, su preparación para ganar el Tour de Francia se había venido abajo en los 65 kilómetros que separaban la salida y la llegada de la primera contrarreloj larga de la edición de 1992. Pocos días antes, su equipo, el Gatorade, reforzado para la ocasión por Laurent Fignon y Peio Ruiz Cabestany, dos excelentes contrarrelojistas, había conseguido aventajar en más de medio minuto al Banesto de Miguel Induráin en la crono por equipos y el italiano estaba eufórico: “Esto me da moral”, dijo nada más bajarse de la bici y comprobar que aventajaba al navarro en 27 segundos.

Aquel 14 de julio de 1992, fiesta nacional francesa, la moral de Bugno reptaba por los adoquines. En la contrarreloj del día anterior había sido tercero, un puesto más que decente. El problema es que Induráin le había sacado 3´41” de ventaja, una diferencia completamente inesperada, histórica, irrepetible. “Induráin ha ganado el Tour”, decía Gianni a todo aquel que quisiera escucharle, cabizbajo, huidizo.

Al año siguiente, el equipo que le había traído a Fignon prefirió traerle a un psicólogo. No sirvió de mucho. Llegó Lac de Madine y Miguel Induráin volvió a sentenciar la ronda francesa. Forges, en una viñeta genial, sacaba la cara de un hombre descompuesto, con los pelos electrizados y la cara desencajada con un titular que leía: “El psicólogo del psicólogo de Bugno”. Era su sambenito: llegaba el momento cumbre y él se venía abajo. Aquello no era del todo justo con un hombre al que sencillamente las expectativas le habían superado: ganó el Giro demasiado joven, ganó Alpe D´Huez demasiado joven, fue campeón del mundo demasiado joven… ¿Cómo no pedirle que lo ganara todo?

Porque sencillamente no era posible. El bueno de Luis Ocaña se maravillaba en Antena 3 Radio ante la pose de Gianni en cada escapada, en cada contrarreloj: “Parece que no se moviera sobre la bici”, decía, y era verdad. Cuando Bugno, el gran Bugno, rodaba, daba la sensación de que alguien estuviera moviendo el paisaje a toda velocidad, una sucesión de familias, árboles, jóvenes exaltados y roulottes que pasaban difuminados mientras el transalpino se cuadraba sobre la bici y no movía ni un músculo.

Bugno era la elegancia igual que Chiappucci era la valentía, pero Induráin era un martillo pilón, una fuerza de la naturaleza contra la que era imposible luchar en igualdad de condiciones. La presión exterior pudo con él en demasiadas ocasiones, pero aun así ganó y ganó mucho. Puede que no tanto como los tifosi esperaban —“Gianni, facci sognare”, rezaban las paredes de los Alpes italianos cuando el Tour pasaba cerca de Sestrières— pero eso no era problema suyo sino de los propios aficionados.

Gianni suficiente hacía con sortear un divorcio, unas exigencias desmedidas y la horrible sensación de que, ganara lo que ganara, cada fracaso en el Tour eclipsaba el resto de una carrera maravillosa.

Los años de joven promesa

Gianni Bugno nació en Brugg, un pueblo suizo cerca de la frontera con Italia, en febrero de 1964. En principio, estos datos suelen ser bastante accesorios, pero de su origen suizo podemos inferir la frialdad con la que desarrollaría su trayectoria profesional y su año de nacimiento no fue un año cualquiera, sino el mismo que vería nacer a Miguel Induráin, Raúl Alcalá o Erik Breukink. Claudio Chiappucci, siempre inquieto, había nacido justo un año antes.

Formaba parte, por tanto, de una de las generaciones más talentosas y más cuidadas de la historia del ciclismo, la llamada a suceder a los Lemond, Delgado, Roche, Fignon… nacidos a finales de los 50 y que se habían repartido los Tours desde la retirada de Bernard Hinault en 1986. En sus inicios, Bugno destacaba como potente rodador, hábil contrarrelojista y especialista en carreras de un día o rondas de pocas etapas en las que se movía con facilidad en la media montaña.

Si bien Alcalá o Breukink fueron corredores de maduración inmediata, que antes de los 25 años ya coqueteaban con pódiums en grandes vueltas, Bugno, al igual que Induráin o Chiappucci, esperaba su momento sin presión alguna. Con 22 años empezó a ganar pequeñas carreras en Italia, incluso acabó su primer Giro en el 41º lugar de la clasificación, un puesto nada desdeñable para un debutante, aunque nadie olvida que aquellos Giros, preparados para los Moser o Visentini de turno, tenían una exigencia limitada y solían decidirse en contrarrelojes y escapadas puntuales, nada que ver con las orgías para escaladores que preparan los organizadores desde que el corredor tipo italiano se siente más cómodo cuesta arriba.

Su presentación en sociedad llegaría en 1988, cuando se impuso en una etapa llana del Tour de Francia, el mismo Tour que ganaría Perico Delgado con Induráin como uno de sus escuderos. Bugno, recién fichado por el equipo suizo Chateau D´Ax, en el que pasaría prácticamente toda su carrera con diferentes denominaciones, pilló la fuga buena de aquel día junto a Jan Nevens. La etapa acababa en Limoges tras pasar por unos cuantos puertos de montaña y los chicos del Reynolds estaban encantados de que alguien se fuera por delante. Nevens era el favorito, por supuesto, pero aquel italiano de mirada perdida le sorprendió con un sprint eléctrico después de 18 etapas y unos cuantos kilómetros de escapada. Bugno, perdido en la general, conseguía subir por primera vez al pódium de una grande para recibir los tímidos besos de las azafatas de Credit Lyonnais. No sería la última.

Con el pedigrí que daba un triunfo así, Bugno siguió mejorando sin prisa pero sin pausa. En 1989 ganó su primera etapa en el Giro, también aprovechando una de las últimas etapas, y acabó en 23ª posición casi sin enterarse. Fue el Giro en el que Fignon arrasó a todos sus rivales y Lemond volvió a sentirse ciclista tras dos años desaparecido por un accidente de caza. El duelo entre francés y estadounidense se repitió ese año en el Tour con el famoso desenlace de la contrarreloj de París donde Lemond privaría a Fignon de su tercer triunfo por solo 8 segundos.

Aquel Tour fue el que marcó un antes y un después en la trayectoria de dos hombres clave para entender los años siguientes: Miguel Induráin era aún un chicarrón del norte con muy buenos resultados contrarreloj, ganador de la París-Niza y número dos de Pedro Delgado. Miguelón, como aún le llamaban, ganó en Cauterets, etapa pirenaica en la que Perico pretendía montar una escabechina y lo consiguió solo en parte. Gianni Bugno jamás se había preocupado por hacer una buena general, era algo que le salía por talento, pero en aquel 1989, ya no era tan fácil descolgarle: en la primera crono quedó entre los diez primeros, supo colarse en las fugas adecuadas y resistió en la montaña lo suficiente como para rozar el top 10 por primera vez en su carrera, finalizando octavo en su cumbre fetiche, el Alpe D´Huez.

Al final fue undécimo, a más de 20 minutos de Lemond, pero casi 10 por delante de Induráin. Ahí había algo más que un clasicómano, solo faltaba que se lo acabara de creer.

El Giro de 1990

Con 26 años recién cumplidos y después de ganar la exigente Milán-San Remo, Gianni Bugno se presentó en la salida del Giro de Italia como uno de los candidatos a animador de la carrera, quizás aún un peldaño por detrás de Fignon, Mottet, Giupponi o Giovanetti, que venía de ganarle la Vuelta a España a Perico Delgado en un alarde de resistencia. La primera etapa era la habitual contrarreloj corta que llevaba escrita el nombre de Thierry Marie, apenas 13 kilómetros ideales para el lucimiento de los prologuistas.

Bugno salió relajado, consciente de que era bueno empezar entre los primeros y para cuando acabó la tarde resultaba que se había llevado la etapa y la maglia rosa. Se podía entender como una relativa sorpresa porque sí, el chico subía y rodaba bien, pero ganarle a Marie en aquellos tiempos eran palabras mayores. Sin un líder definido, el Chateau D´Ax decidió defender la maglia hasta que su portador desfalleciera, más pronto que tarde, o simplemente alguna escapada rompiera la clasificación.

La tercera etapa acababa en el mítico Vesubio. Era el momento elegido por el Castorama para colocar de líder a Marie y aupar a Fignon en la general, pero la ONCE se adelantó con Eduardo Chozas y dinamitó el grupo de favoritos: Bugno aún tuvo tiempo de demarrar en el último kilómetro y sacar algunos segundos a los Ugrumov, Lejarreta y compañía. En la general, el suizo-italiano se mantenía de líder con 43” de ventaja sobre el citado Chozas y más de un minuto sobre Laurent Fignon. Apenas cuatro días después, en Vallombrosa, se llevaba su segunda etapa, esta vez de montaña, mientras iban explotando sus rivales: no solo Chozas, sino también Fignon y Lemond.

Bugno empezaba a ser el ídolo de los ojos claros. Elegante, como buen italiano, capaz de atacar de rosa, recordando al eterno Fausto Coppi… pegó el gran hachazo de aquel Giro en la contrarreloj de Cuneo, de 68 kilómetros. Aunque solo pudo ser segundo, reforzó su liderato hasta el punto de dejar a su más inmediato perseguidor, Marco Giovanetti, a más de cuatro minutos. Quedaban nueve etapas y el desfallecimiento era posible pero poco probable. Bugno empezó a acariciar la posibilidad de ganar el Giro siendo líder desde la primera a la última etapa, algo que solo habían conseguido en el pasado Girardengo en 1919, Binda en 1923 y Eddy Merckx en 1973, el año que “El Caníbal” decidió dejar a un lado el Tour para centrarse en Giro y Vuelta.

El dominio de Bugno era equivalente al del belga en sus mejores tiempos, aunque es cierto que sus rivales no impresionaban. En el Pordoi se fugó junto a Charly Mottet, metió otros dos minutos al resto del pelotón y le cedió la victoria de etapa, en el Mortirolo aguantó los ataques sin problemas y remató el Giro ganando la última contrarreloj con una autoridad aplastante, superando en casi un minuto y medio a Marino Lejarreta y dejando a Mottet, segundo en la general final, a 6´33”, una diferencia exagerada. En cuarta posición de aquella cronoescalada final acabaría el escudero de Giupponi en el equipo Carrera, un tal Claudio Chiappucci, llamado a la gloria pocas semanas más tarde.

Y es que el Tour de 1990 fue el Tour de Chiappucci aunque lo ganara Lemond y es posible que eso a Bugno no le hiciera demasiada gracia porque para entonces ya estaba bien claro que él era mucho mejor corredor que el varesino. Lo que estaba por verse es si tenía su arrojo. Chiappucci se lanzó a una escapada suicida en la segunda etapa y se mantuvo en el liderato hasta la última contrarreloj en la que cedió con todo el honor del mundo.

La exhibición de Chiappucci, su empeño, esa manera de atacar en todos lados para sacar segundos que le pudieran servir para aguantar el liderato cuando arrancara Lemond, su físico de italiano pillo y su expresividad constante dejaron en segundo plano un Tour más que aceptable del corredor del Chateau D´Ax, ya bajo el nombre de Gatorade, quien, lejos de acusar el esfuerzo del recién acabado Giro, ganó dos etapas —Alpe D´Huez y Burdeos— y acabó la ronda francesa en un meritorio séptimo puesto, justo por delante de Alcalá e Induráin.

El cambio ya había llegado: puede que Lemond y Delgado tuvieran un Tour más en sus piernas, pero la Generación del 64 —incluido Chiappucci— estaba dispuesta a tomar el mando del ciclismo internacional. Para confirmar su estatus de estrella, Bugno fue medalla de bronce en el Campeonato del Mundo en ruta, ganaría la Copa del Mundo, que premiaba a los mejores clasificados en las más importantes clásicas, y acabaría el año como número uno en el Ranking UCI.

El futuro era suyo. No podía ser de otra manera.

Los Tours con Induráin y Chiappucci

Puede que la carrera de Bugno quedara marcada por el descenso del Tourmalet en la decimotercera etapa del Tour de 1991. Nunca lo sabremos, pero es bueno empezar esta parte de la historia por ese momento: el grupo de favoritos se retuerce camino de la cima del coloso pirenaico. Delgado pierde diez minutos y dice adiós al Tour, Breukink, Kelly, Alcalá y todo el equipo PDM se han retirado días antes por un extraño virus, el sorprendente líder Leblanc pierde comba pero lucha por reengancharse. Francia vibra con su joven ídolo. El calor es insoportable y Luc va perdiendo metros mientras la cámara fija en la cima nos muestra que Lemond también se empieza a descolgar, con el maillot abierto, sin aire en los pulmones.

Su primer desfallecimiento en tres años.

Es el momento de los valientes, de los que llevaban todo el Tour esperando este momento, en una calma tensa que hizo que llovieran críticas a los jovenzuelos. ¿Así pretendían ganar el Tour, sin moverse del sitio? Induráin pasó a las primeras posiciones del grupo y mientras los demás recogían comida y periódicos se lanzó a tumba abierta para dejar atrás al estadounidense. En seguida se dio cuenta de que se había ido solo. Nadie reaccionó. Mientras el grupo de favoritos, con Mottet, Hampsten, Fignon y compañía se organizaba, Claudio Chiappucci decidió unirse a la fiesta.

En un visto y no visto, el coulotte de Carrera se perdió de vista y Bugno ahí seguía, observando, como si pensara: “Adónde van estos con lo que queda y el calor que hace”, esperando que el tiempo y la carretera pusieran a cada uno en su sitio. No fue así. Induráin esperó a Chiappucci y juntos hicieron camino hasta Val Louron. Para cuando Bugno se dio cuenta de su error y salió a por ellos ya era demasiado tarde: había cedido un minuto y medio en la etapa clave y quedaba en tercer lugar de la general, a 10” de Mottet, a tres minutos más del nuevo líder, Miguel Induráin.

Para los expertos, la cosa estaba clara: el Tour era cosa de dos salvo que Chiappucci volviera a liarse la manta a la cabeza. El Banesto, que había construido un equipo de lujo para sus dos estrellas, dominó la carrera con habilidad: en Gap, mantuvieron la escapada de Lemond controlada, en Alpe D´Huez dejaron a Induráin lo más arriba posible, con una exhibición de Jean-François Bernard. Por segundo año consecutivo, Bugno, con su maillot de campeón de Italia conseguido días antes, triunfaba en la meta más carismática del ciclismo contemporáneo y subía al segundo puesto en la general… pero solo arrancaba un segundo a Induráin.

Cada vez quedaba menos y España vibraba al ritmo del gran Pedro González y el “Apache” de los Shadows.

Bugno lo intentó en la Joux-Plagne, camino de Morzine, pero Delgado y Rondón le pararon en seco. El italiano llegó a la contrarreloj final con 3´09” de desventaja con respecto al líder. Chiappucci marchaba a casi cinco minutos. Contra otro rival, quizá hubiera sido posible el milagro, pero no contra el navarro, que no solo mantuvo el liderato sino que ganó la última contrarreloj como había ganado la primera, pero con aún más margen. Bugno acabó segundo, a algo menos de medio minuto.

Aquel duelo prometía durar varios años, pero, en rigor, solo duró uno más. En 1992, Induráin llegaba al Tour como campeón del Giro de Italia, un Giro al que Bugno había renunciado para preparar mejor la carrera francesa, lo que le valió un buen montón de críticas en su país y le cargó de una presión añadida: no podía defraudar. En el año que había pasado desde su “despiste” del Tourmalet, el italiano había ganado el Campeonato del Mundo en ruta, la Clásica de San Sebastián y una etapa de la Vuelta a Suiza. El Gatorade presentaba un equipo espectacular, con Laurent Fignon de gregario de lujo, Abelardo Rondón, fichado del propio Banesto, y Cabestany cumpliendo sus últimos servicios.

Sin embargo, como ha quedado dicho al principio del reportaje, la emoción duró exactamente nueve etapas, lo que tardó Induráin en exhibirse por Luxemburgo y distanciar a Bugno en casi cuatro minutos. ¿Por qué se vino abajo de esa manera? Imposible saberlo. Quedaba más de medio Tour, él era campeón del mundo, se había reservado todo el año para ese momento… y a las primeras de cambio salía melancólico a reconocer su derrota. El resto del Tour fue una especie de suplicio, como si corriera forzado, obligado, con la mente en cualquier otro lugar. No solo no alcanzó a Induráin sino que dejó que Chiappucci le adelantara. “El Diablo” Chiappucci con su entrañable “tifoso” de barba por entonces negra y tridente en mano que le acompañaba por las cuestas y aún hoy en día sigue ahí confirmando que una vez que uno empieza a hacer el ridículo en la tele, es complicadísimo parar.

Chiappucci fue el único que puso contra las cuerdas a Induráin, con su improbable escapada rumbo a Sestrières, que tuvo al Banesto tirando todo el día y que provocó un pajarón importante del navarro justo cuando parecía que le iba a alcanzar en la ascensión final. Bugno podría haberse aprovechado de la circunstancia, pero para entonces ya estaba completamente desfondado. Había salido tras Chiappucci en el momento equivocado, siempre a dos aguas. En Alpe D´Huez se dejó nueve minutos y si consiguió el pódium final en París, un tercer puesto que no le sabía a nada —“Ya he sido segundo, ¿de qué me sirve ser tercero?”, manifestó a mitad de la carrera— fue por su excelente contrarreloj final, a solo 40” del emperador Induráin.

Si eso suponía algún tipo de esperanza para el año siguiente, 1993, el año del psicólogo y de Lac de Madine, pronto se encargó el propio Bugno de acabar con ella. Apareció cabizbajo y se marchó cabizbajo: en medio, un montón de decepciones que le llevaron al 20º puesto en la general después de haber sido 18º en el Giro. El tiempo de las grandes vueltas se acababa antes incluso de cumplir los 30 años. Ganaría etapas sueltas pero nunca volvería a estar en la élite de un Tour: en 1994 se retiró y en 1995 acabó fuera de los 50 primeros. Fue su última participación.

Campeón de Italia, campeón del mundo

Es injusto valorar a Bugno por sus segundos puestos y sus incapacidades. Gianni era un fuera de serie sin la persistencia necesaria para aguantar tres semanas de calor sin tregua en Francia. Ganó el Giro el año que le tocaba ganarlo y se labró un palmarés excelso a base de carreras de un día y pequeñas vueltas, el escenario en el que se sentía más cómodo, combinando su enorme talento con una gran inteligencia a la hora de leer la competición.

Ganó el Giro de los Apeninos, una competición menor, durante sus tres primeros años como profesional; el año de su explosión en el Giro de Italia, ya había ganado la Milán-San Remo y haría lo propio con el Tour de Romandía, una carrera por entonces de gran prestigio. En 1991, aparte de ser segundo en el Tour de Francia, ganó el campeonato nacional, con el correspondiente maillot verde, blanco y rojo, y acabó la temporada imponiéndose a Steven Rooks y Miguel Induráin en el Campeonato del Mundo en ruta celebrado en Sttutgart.

El Mundial siempre ha sido para los italianos una carrera de primer nivel. Para poner un ejemplo, el primer corredor español en ganar un Mundial fue Abraham Olano, en 1995. Antes de Freire habían ganado ya el título hasta once italianos distintos: el legendario Binda, Guerra, Coppi, Baldini, Adorni, Basso, Gimondi, Saronni, Argentin, Fondriest y el propio Bugno. Cada año hay peleas por ver quién dirige el equipo, quién trabaja para quién; combatir los egos de sus clasicómanos es una labor titánica…

A eso hay que añadirle que en Italia, a principios de década, había una enorme competencia: Baffi y Cipollini dominaban los sprints; Argentin, Bontempi y Fondriest todavía aguantaban como rodadores de fortuna… y Chioccioli, Giovanetti, Franco Vona o Chiappucci habían demostrado su fondo ganando o destacando en grandes vueltas. ¿Hasta qué punto tenía sentido trabajar en bloque para Bugno, un hombre acostumbrado a venirse abajo en el momento decisivo?

Italia tiene una tradición de debates deportivos mayor incluso que la española: Coppi o Bartali, Rivera o Mazzola, Conti o Rossi… y así hasta el Chiappucci o Bugno. Claudio representaba la italianidad más latina: el pendenciero que atacaba en los avituallamientos, en los descensos, que se lanzaba a la aventura a 100 kilómetros de meta y no miraba nunca atrás. Bugno era un hombre tranquilo, moderno y elegante, la Italia de los chicos altos, guapos y bien vestidos, la Italia que, en general, cae mal incluso en su propio país.

En ocasiones, Bugno se quejó de no ser suficientemente querido, de vivir a la sombra de Chiappucci pese a tener un palmarés mucho mejor. Bugno pensaba demasiado y tuvo muy poca suerte: a su triunfo en el Mundial de 1991 se unió el de 1992 en Benidorm, delante de Jalabert y Konychev. Esos dos campeonatos del mundo dejan clara su versatilidad: uno ganado ante un escalador y un contrarrelojista; el otro, ante un sprinter y un especialista en dinamitar pelotones en el último kilómetro.

Desgraciadamente, casi nadie se acuerda. Se acuerdan de sus derrotas pero muy poco de sus triunfos. Con Chiappucci pasa al revés: nos acordamos de sus gestas y nunca nos paramos a pensar si en las contrarrelojes perdía mucho o poco tiempo. Chiappucci era valiente y eso dejaba todo en segundo plano. Bugno calculaba y no hay nada que odie tanto un mediterráneo como a un hombre que calcula.

El dopaje por cafeína

Después de sus fracasos en los Tours del 91, 92 y 93, fracasos, como hemos dicho, muy matizables porque ganó varias etapas y consiguió dos pódiums, Bugno se encontró con el mayor palo de su carrera: un positivo por cafeína durante la Copa Agostoni, celebrada el 17 de agosto de 1994. Gianni era aún un muy buen corredor, aunque todos le dieran por acabado porque cebarse con él parecía sorprendentemente fácil. Aquel mismo año, había ganado una etapa del Giro de Italia, en el que se mostró especialmente activo aunque muy lejos en la general de los Berzin, Pantani, Induráin y compañía, y se había impuesto en el prestigioso Tour de Flandes, una prueba para elegidos.

Su presencia en el Tour duró muy poco, pues tuvo que abandonar, y estaba ya en plena preparación del Campeonato del Mundo, su carrera fetiche, cuando apareció la noticia del positivo: 16,8 micogramos donde solo se aceptaban 12. Por supuesto, el corredor negó cualquier dopaje, pero su carrera se dio por acabada con la sanción de dos años que le impuso la Federación Italiana. Eran otros tiempos: la lucha contra el dopaje no tenía los recursos que tiene ahora y no se daban casos tan esperpénticos como el Tour de 2002, donde a Lance Armstrong —con causa abierta por dopaje sistemático— le siguieron Joseba Beloki, Raimundas Rumsas y Santiago Botero, los tres sancionados en algún momento de su carrera por trampas continuas.

Bugno, que había formalizado por fin su divorcio y empezaba una nueva relación, luchó como pudo con argumentos algo peregrinos: “Es que tomo mucho café”, “es que esos días hacía mucho calor y además tomé té”… Nunca sabremos cuánto había de verdad en esas excusas, de hecho, años después, el nombre de Bugno apareció junto al de Tonkov en una investigación por uso de EPO en los noventa, aunque la cosa no llegó a más ya que el corredor estaba retirado. El enigma de la limpieza del ciclismo en aquellos años sigue sin descubrir, tendremos que limitarnos a confiar en nuestros ídolos.

El caso es que los argumentos de Bugno convencieron a su Federación en parte: mantuvieron el positivo pero aplicaron la reglamentación UCI, que castigaba por entonces el exceso de cafeína con tres meses de sanción. Comoquiera que la única carrera por disputar era el Mundial y que Gianni arrastraba molestias en el tobillo y se había autodescartado, se puede decir que aquel episodio no tuvo efecto alguno en su carrera deportiva más allá de la sombra de la duda. “Mi nombre ha sido manchado”, dijo el italiano, muy digno. Y a mí me gustaría creerle, porque pocas veces vi a alguien con tanto estilo sobre una bicicleta, pero es inevitable recordarles esas mismas palabras a Virenque, Pantani, Heras, Ullrich, el equipo Festina al completo…

Una retirada llena de triunfos

Con el episodio del dopaje ya olvidado y el entusiasmo de una nueva vida sentimental, Bugno reorientó su papel en el pelotón planteándose objetivos más modestos que le hicieran disfrutar del ciclismo y no vivir en una continua insatisfacción. Debe de ser horroroso saber que cada día estás decepcionando a alguien. Cuando nadie esperaba nada de Bugno, llegó un veterano con mil recursos. Dejó el Polti, donde había corrido en 1994 después de seis temporadas de fidelidad al Chateau D´Ax-Gatorade, y se marchó al MG, un equipo en el que sus dotes de rodador se valoraban y en el que nadie le pedía ninguna hazaña de tres semanas. Más tarde, el equipo se fusionó con el Mapei, donde Bugno correría sus últimas dos temporadas.

En 1995, ya con 31 años, y mientras Induráin ganaba su quinto Tour consecutivo, el italiano se llevó el Tour del Mediterráneo, volvió a ganar el Campeonato de Italia con el maillot nacional correspondiente que lució orgulloso en el que sería su último Tour de Francia, y se impuso en la Copa Agostoni, donde diera positivo un año atrás. Esta vez se conoce que no hacía tanto calor como para beber té y además Bugno cumplió la insólita promesa hecha ante los jueces de su caso: “No volveré a beber café”.

La siguiente temporada no le fue nada mal tampoco: Bugno se sentía muy cómodo en el anonimato y cada victoria suya se celebraba como no se había celebrado cuando realmente lo necesitaba. Cazó una etapa en el Giro del Trentino, otra en el Giro de Italia (la novena de su carrera), se lució en la Vuelta a Suiza con otra victoria parcial y celebró su primera participación en la Vuelta a España llevándose la etapa que acababa en las Destilerías DYC, aquella meta que encumbrara a Perico Delgado en 1985, cuando le birló la Vuelta a España al escocés Robert Millar.

La victoria fue una auténtica exhibición, rodando en solitario, a bloque, en los últimos kilómetros, frente a un grupo de favoritos hambriento de triunfo. La ventaja empezó por 10 segundos, subió a 13, luego a 20… Detrás salió Julich, en el grupo esperaban Rominger, Axel Merckx o el Chava Jiménez, pero no había manera: Bugno mantuvo el ritmo y solo se confió en la recta final, con los españoles, que en el fondo tanto le admirábamos, jaleándole, y Rominger esprintando detrás, a sus 35 años, para sacar segundos de bonificación.

El idilio de Gianni con España se prolongaría dos años más. La verdad es que, salvo pruebas muy menores, Bugno había desaparecido del pelotón. Induráin estaba retirado, igual que Breukink y Alcalá, Chiappucci se arrastraba en equipos de segunda fila y Jan Ullrich se disputaba con Marco Pantani la supremacía mundial. En esas, Bugno se plantó en la Vuelta a España de 1998, al borde de la retirada, con la idea de ayudar en lo que pudiera al ciclotímico Vandenbroucke, y no quiso irse de vacío.

Fue la gran Vuelta del Chava Jiménez, aquella en la que ganó cuatro etapas de montaña y vistió de amarillo hasta el último día, que cedió contrarreloj frente a Abraham Olano y Fernando Escartín. Bugno tenía 34 años y no contaba para nadie. Su Vuelta estaba siendo tan anodina como el resto de la temporada, pero camino a Jaca se coló en una escapada de once hombres que fue reduciéndose según avanzaba un terreno pestoso, de ascensiones y bajadas constantes, para sufridores.

A falta de 25 kilómetros solo quedaban cuatro hombres delante: Sgambelluri, Uriarte y Santi Blanco, la eterna promesa del ciclismo español de los 90. Bugno atacó con un demarraje seco que nadie pudo seguir y a partir de ahí puso de nuevo la calculadora en marcha. Como si aquello fuese el Giro del 90, Gianni avanzó y avanzó camino de la meta y acabó con una ventaja de casi dos minutos sobre Blanco, segundo aquel día. Él sabía que era el final y no dejaba de ser un final precioso, brazos en alto de nuevo, doce años de profesional sin dejar de ganar nunca.

Todo para ser recordado como un ilustre perdedor.

Aquel invierno colgó la bici y se dedicó a vivir lejos de los focos, como un niño liberado. Se dedicó a su pasión por los helicópteros y sacó la licencia de piloto de rescate. En 2008 incluso se animó a llevar el helicóptero de carrera del Giro de Italia. Es lo más cerca de una bicicleta que le hemos vuelto a ver. Ahora, como Romario, se dedica a la política. Los extremos, tarde o temprano, se tocan.

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