Tour de Francia. Compañerismo o triunfo pactado?

La pregunta es universal y ahora mismo inquietante para Froome, que en la ascensión a La Toussuire estuvo a punto de derribar a Wiggins, su jefe, su líder. Si trabajase en una oficina, podría haberle costado una sanción. Pero ¿en qué se parece el Tour a una empresa de servicios? Luis Ocaña decía que en la carretera  los triunfos no deberían pactarse nunca. Ni siquiera entre compañeros de equipo. Es más, ¿quién le dice a Froome que en los próximos años volverá a estar tan arriba en el Tour de Francia? Una cosa es sacrificarse por un compañero, al que puedes ayudar, y otra frenarte para no vencer a ese compañero. Ahora mismo, como tantas veces ha pasado en el Tour, el debate no acepta más alternativas: el triunfo está, o debería estar, entre estos dos compañeros de equipo. Una ventaja para todo el Sky menos para Froome. Cuando empezó a coger la bicicleta en Sudáfrica, jamás imaginó ese día en el que debería correr en contra suya. ¿No es demasiado duro?

La historia no es nueva para el ciclismo. Manolo Saiz, en su época de la ONCE, tenía tres líderes (Zülle, Olano y Jalabert) con los que no aceptaba tratos de favor: “El orden no lo pongo yo, sino ustedes en la carretera”. Pero la historia del ciclismo es más rebelde. Sus páginas admiten piques monumentales, sobre todo en la época de Bernard Hinault, incapaz de entender que Fignon y Lemond no se limitasen a ser gregarios suyos. Eran, en realidad, demasiados jóvenes y demasiado románticos como para entender que el ciclismo es un reflejo de la vida: las jerarquías existieron siempre. Echavarri, como director de equipo, trató de imponerla en el Banesto en 1990. El líder era Delgado a cualquier precio. Su obsesión impidió conocer las posibilidades reales de Indurain en aquella carrera. Quizá hubiese sido su primer triunfo en el Tour.

La carrera, sin embargo, le abocó a trabajos de gregario, cosa que él admitió como es él, sin recelo y con educación. Era  joven y, a pesar de que la bicicleta le sugería lo contrario, debía pensar a largo plazo. El resultado, el cuarto puesto final de Delgado, fue inconvincente. Es más, hizo pensar qué clase de compañerismo es ése y por qué un día se instauraron los derechos adquiridos en el deporte. “A veces, tengo que desobedecerte para mostrarme tal y como soy”, le decía Sebastián Coe, el mítico atleta inglés de 1.500, a Peter, su padre, que era su entrenador. Las consecuencias fueron multitud de broncas hasta que Sebastian convenció a su padre de que la desobediencia, si se sabe utilizar, no es tan mala.

El problema de Froome, sin embargo, ahora va más allá. Batalla frente al dictado de un manager y el derecho a la gloria de un compañero, Brad Wiggins, que antes de catar el amarillo en el Tour, se sometió a esfuerzos imborrables. Salió de la pìsta y reformó su propio cuerpo para subir montañas. A su edad, difícilmente tendrá más oportunidades como ésta y en Sky sólo conciben el mundo para él. ¿Hay algo más difícil  que ser Froome en este mes? La pregunta sería ideal para el fallecido Fignon o para Lemond. Gente de carácter en su juventud desobedeció a Hinault, un líder poderoso y casi dictatorial. Lemond le dijo a la cara en el Tour de 1986 que él no estaba  dispuesto a suprimir oportunidades por culpa suya, que la carretera los juzgase a partes iguales. Y así pasó. Pero también es verdad que era otra época, en la que no existía un pinganillo. Las voces de los directores no llegaban a los oídos de los ciclistas mientras pedaleaban. Froome, sin embargo, escuchó la orden de Sean Yates, su director, nada más demarrar en  La Toussuire. “¡No sigas! ¡Wiggins se queda atrás!”.

Nunca se sabrá la diferencia real que existe entre el compañerismo y la desobediencia en el ciclismo. Son tantos casos… Ullrich corrió con el freno de mano en el Tour del 96 para no perjudicar a Rijs, su compañero en Telekom. Ullrich era fácil de convencer, el ciclismo de la próxima década sería suyo, pero apareció Armstrong y en su biografía sólo figura un Tour. Luego, fue Klöden el que se plegó tantos años a Ullrich y la realidad final es que ha quedado como una eterna promesa. Contador, sin embargo, se saltó en 2009 la jerarquía de Armstrong que, rabioso, utilizó sus influencias en Astana para hacerle la vida imposible fuera de la carretera. ¿Qué le hubiera pasado ayer a Froome si no se llega a frenar? ¿Sería un proscrito en Sky? Su desobediencia quedó en un golpe de genio. Paró y perdió él y el ciclismo, que se hizo más previsible: el compañerismo pudo con la desobediencia. Nuestro inolvidable Chava Jiménez seguramente nunca lo hubiera admitido, pero…

Fuente: publico.es

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